sábado, 11 de abril de 2015

Como el mar, pero sin b

El mar está embravecido. Enloquecidas las olas de ron cola. El hielo se azota contra el cristal y tu garganta sabe amarga con el paso de las horas.

El mar se quedó dormido. Los turistas se marcharon a la alcoba. Y la luna que lo guarda, se baña todas las noches sola. Solo soledad sonando. No hay murmullo en el rompeolas.

La luna está desnuda y refleja su alma en las gramolas.
La luna está muda, como la noche tibia y calma que dialoga.
Conversaciones entre el silencio y el eco que lo arropa.

Lejos de las olas. La luna penetra por los cristales. Se baña en las ventanas más intempestivas para regar la luz con sonidos ajenos.

El aire de la casa está como el mar pero sin b. No se bebe, ni se baña, ni se busca a sí misma para perderse. Traga sopas calientes en pleno agosto para quemar las penas.

Caen gotas del techo sobre sus hombros maltrechos. Las grietas se expanden por las paredes trazando surcos al compás de cada “glock”. El techo tiene puntualidad suiza y marca los tempos bañados en sal. Manchados en salitre.

Como el mar, pero sin b. La taberna mojada hace ruido a las puertas de la orilla. Lanza piedras contra sus ventanas, pero nadie sale a recibirla. Las gargantas se atragantan con el ruido del vacío. Las barras  se abarrotan con vasos, cristales y copas. Cada vez más vasos vacíos. Cada vez más vasos derretidos en sal. Un camarero pica pedazos de hielo. Cada vez los pica más.  

El aire está enrarecido. La habitación del hotel no salió de la piscina aquella noche. A la mañana siguiente, las siluetas se volvieron difusas. Las hamacas mostraban su jolgorio nocturno y aquella madrugada en estado de ebullición.

A la mañana siguiente ya no había mar, ni orilla, ni luna. La vida se había vuelto gaseosa.


domingo, 1 de marzo de 2015

Latas de conserva

Un hombre muy atractivo con cazadora de cuero y pelo negro con un aire cuidadosamente desenfadado entra en el despacho de mi jefa. Una fervorosa enhorabuena fundida en un cercano abrazo inaugura su visita a la quinta planta. Después se cierra la puerta.

Me quedo pensativa y caigo en la cuenta de que es el mismo hombre que subiendo el ascensor tocaba el cartel donde figura qué hay en cada planta y murmuraba cuánto había cambiado todo. Yo me reí pensando que no era así. Ese cartel ya estaba allí cuando yo entré a trabajar hacía cinco meses.

Al fondo de la oficina todavía quedan platos con aceitunas, patatas y sándwiches. El pan ya está un poco seco desde la hora del aperitivo. Las botellas de vino están vacías.

Se abre la puerta del despacho de mi jefa y resuena la alegría y la risa de quien ha resultado contratado y ascendido.

Comienzan las presentaciones y las sonrisas envueltas en un tono amable y llamativo.

Los platos de plástico todavía lucen el caldo esplendoroso de las latas de conserva.

El nuevo jefe abandona la quinta planta dejando tras de si un rastro de triunfo y energía. Su perfume persiste en nuestro olfato durante unos minutos. Pero es más fuerte la imagen de su sonrisa. Lo que es seguro es que su paso por la quinta planta no ha dejado a nadie indiferente.

Mercedes vuelve del baño masticando una aceituna. Son las 22 de la noche y todavía queda mucho trabajo por hacer, a pesar de que la jornada laboral hubiese concluido hacía ya un par de horas.

Son aceitunas sin hueso. Rellenas de anchoas. Solo quedará el caldo avinagrado en los platos. Los recipientes llenos de roídos huesos ya no se estilan. Mejor para las señoras de la limpieza.

Estamos cansados y alguno desea que quedara un poquito de vino por ahí escondido, aunque fuera peleón, para acompañar las aceitunas y las patatas fritas. Pero aquel mediodía la gente solo quería vino, tanto como para que el pan de los sándwiches se quedara rancio y los platos llegaran hasta la noche rebosantes de comida.

Mercedes mastica rápido. Juanma se acerca a darle un beso por detrás. Todos le abrazan y le besan. Menos yo. Pronuncian palabras de apoyo y felicitación que no alcanzó a comprender.

-Bárbara, ¿qué pasa?
-A Juanma le han echado. Esta mañana en el brindis de despedida casi lloro hasta yo, que llevo aquí dos semanas.

En el ascensor le pregunto a Laura para que me dé más detalles. Ella entró hace un mes escaso y en situaciones así está tan perdida como yo, que llegué a la quinta planta en octubre.

Cada vez somos más los que nos perdemos en estas situaciones. La mitad de la planta viste menos arrugas. Los tintes ya solo se lucen en la cuarta o en la redacción.

Cada vez hay más brindis de despedida y son menos los que se emocionan o lloran en ellos.

Los que se quedan ( o nos quedamos) hasta las tantas, lo empiezan a agradecer. Una vez por semana hay pasteles o aperitivos que hacen más llevaderas las horas extras.


viernes, 16 de enero de 2015

La amable mujer y el asiento vacío

El metro iba lento como la niebla en la carretera de aquella mañana de invierno. Pero no me molestaba. Cualquier excusa es buena en época de exámenes para prorrogar el encadenamiento a la silla. 

Una mujer le cedía la silla a una niña de escasos tres años. Y yo con mis escasas cuatro horas de sueño me preguntaba que por qué si no iba con muletas, ni lucía flagrante sus canas o una prominente barriga llena de vida. 

Y luego pensé que por qué no. 

Una mujer leía en inglés el libro de Come, reza, ama sentada junto a un desconocido que repasaba partituras con sus cascos puestos. 

Junto con un desconocido. Curiosa frase. Curiosa imagen. La ciudad tiene pasajes así. Imágenes de miles de desconocidos que cada mañana juntas sus nalgas y esquivan sus bocas para seguir siéndolo. La próxemica se rompe en los vagones de la hora punta. 

La niña me mira y bosteza. Aunque solo sea una niña también le pesan los párpados cuando cae la tarde. Se baja del tren y pienso en que por sus rasgos procedería de algún país de Latinoamérica. Si no ella, sus padres. Al lado de la niña un hombre perdía su mirada. No tenía intención de ir a buscarla. Al lado de la niña había un hombre desconocido de pelo gris y sonrisa descascarillada. Sujetaba una lata de cerveza y yo intuía que olería a alcohol, aunque no lo hiciera. 

Reflexioné entonces un instante sobre la cáscara de mis pensamientos. Más bien sobre el córtex. Había tres huecos libres y mis ojos se fijaron primero en el de los dos asientos vacíos contiguos. Luego repararía en el que se encontraba en frente vacío, al lado del hombre de pelo gris y sonrisa descascarillada, que ocuparía la niña tres estaciones más tardes. 

Cuando entré en el vagón en busca de sitio, la amable mujer que cedería su asiento aún no había aparecido en escena. Su papel de figurante fue breve, pero significativo. Sin ella nadie le habría rozado el hombro al hombre de mirada perdida ni habría encendido en mí la chispa para la reflexión. 

Pensé en si tendría algún prejuicio que me hubiera llevado a sentarme en los dos huecos en vez de al lado de aquel desconocido. Pensé en por qué habrían reparado mis ojos en el origen de la niña. Si hubiera sido una niña española, habría intentado calcular su edad o me habría recordado a mi misma cuando era pequeña. Pensé en por qué me había puesto a reflexionar en señoras de cincuenta años que le ceden el asiento a niñas de tres. 

La niña se bajó del metro con un joven cuyo vínculo familiar no llegué a adivinar. Una señora cargada con bolsas, que sobrepasaba los cincuenta años, y lucía la cuesta de enero en las raíces blancas de su cabeza, ocupó su asiento. Yo me bajaría en la parada siguiente. 


lunes, 10 de noviembre de 2014

Y la escritura se convierte en un acto subversivo

Dejar de escuchar el ruido para que el silencio hable. Parar, pararse para reconciliarse con la vida. Parar, aunque el mundo siga impasible el movimiento de rotación.

Parar, pararse. Darse la vuelta y deshacer el camino. Mirar hacia atrás aceptando el vértigo posible de afrontar nuestros propios pasos. De conocer nuestras huellas para perdernos en ellas. De parar, pero por una vez, no para tomar impulso. O si. O no. Mejor para cambiar el rumbo. Y que esta vez sean nuestros pasos los que decidan.
Parar. Pararse para descalzarnos y sentir la hierba. Acariciarnos los pies como cuando éramos bebes y la vida nunca decía no a una caricia.

Parar. Pararse. Acariciar el suelo y sentir su temperatura. Aún a riesgo de quemarse con la vida. Aún a riesgo de quemarse con el hielo. 

Porque un día te descalzas y descubres la verdad del asfalto. Recuperas la noción del tiempo y descubres que hace 3 meses que dejó de ser primavera. Y te quema la vida aunque llueva el otoño. Se te empapan los poros con la lluvia y no te importa. Porque al fin sabes que le has ganado  la batalla al tiempo, perdiéndolo en un paseo descalza donde perderte.

Y el silencio nos susurra mientras escribimos. Mientras nos paramos o nos perdemos por la vida y la soledad suena de fondo. El silencio nos susurra las verdades que tanto tiempo andábamos buscando donde no había más que ruido.

Y el silencio nos obliga a quitarnos las orejeras y dar 360 grados sobre nosotros mismos para ver la realidad que nos espera. Y que siempre había estado allí. El silencio nos susurra que toca cambiar las coordenadas y huir por el camino incorrecto para llegar a ninguna parte.

Y las huellas nunca antes habían dibujado pisadas tan fuertes.

Parar, pararse. A pensar dos veces cada palabra y la encadenación de todas ellas. Y con cada palabra, pensarse y encontrarse. Con cada palabra reconciliarse con el mundo para que el mundo se reconcilie con sus tiempos. Con su tiempo.


miércoles, 25 de junio de 2014

De cuestiones e intenciones e incertidumbres agotadas

Me voy y dejo la luz apagada para que no me arrebates la silueta de mi sombra. Para que no me susurres cuando notes la cama fría, para que tu voz no interrumpa mi calma con su acorde. Apago la luz, pero esta vez no me oculto ante el día. Tras las fronteras de tu habitación el sol me quema la cara. Hay calor más allá de tus caderas. El día que decidas subir las persianas, si es que algún día lo haces, te darás cuenta de que habría sido más bonito quererme con la luz de la mañana. Pero afortunadamente infinito ya no es la pareja de oportunidad. Se quedaron sin vitamina D de tanto quemar los halógenos de día.

Me voy y dejo una carta de despedida. Que yo siempre fui muy de postales y palabras, aunque tus respuestas fueran  tardías e intermitentes. Me despido con la intención de que vuelvas a buscarme para que me robes la intención de olvidarte que es la que escribe esta carta. No voy a engañarme a mí misma, menos sobre el papel que siempre ha sido mi último refugio.

Pero me voy y esta vez si dejo la puerta cerrada. Para no oírte el susurro. Para que así, si te interesa buscarme, tengas que dar tres zancadas y cuatro gritos que te rescaten de tu guarida. Para que si de verdad me quieres subas la persiana y te atrevas a saltar por los aires a plena luz del día aún a riesgo de quemarte con el sol. Y con la vida.


Irse y dejar. Cuesta conjugar ambos verbos seguidos. Cuesta irse sin haberse dejado tras la puerta y por el camino la renuncia de una historia con destino en puntos suspensivos…

lunes, 12 de mayo de 2014

A veces

Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana.
El último portazo me dejó sorda y ahora dudo si es ruido todo lo que sé.
Un ruido blanco, que tiñe de sombras mi mirar.

Hace frío en mi habitación. La ventana no se ha acabado de abrir ni la puerta de cerrar. Se cuelan vendavales por mis rendijas atemporales.
Hace frío en mi habitación.
Abrígate que hay corriente me decían. Pero había demasiado ruido entre estas cuatro paredes como para sintonizar advertencias. Hace frío en mi habitación.
Ya no consulto el pronóstico del tiempo ni el horóscopo del día pues yo misma soy mi mejor adivina condenándome siempre a la imprevisibilidad.
Hace frío en mi habitación porque a todas mis malas costumbres he añadido la de dormir desnuda.

¿Quién sabe? Nadie se apellida imprevisible. En eso consiste: la cadencia de las horas, el solsticio de un minuto, la templanza de un segundo. A veces es solo cuestión de tiempo. A veces dura solo un segundo.

Pum.

lunes, 10 de marzo de 2014

Rutina en un 31 de agosto

El silencio dolía en las canciones que ya no podría escuchar sin pensar en él.
El silencio de ese angosto agosto en tierra de nadie. 
De espacio de medias tintas y emociones confusas que se cansa de esperar y de que nunca la esperen.


Las sirenas se habían quedado mudas. 
Fundidas las bombillas de los bares de verbena. 
Vacías las esquinas de los amantes. 
El paraíso de las familias que regresan al hogar ávidas de un hueco en el que poder aparcar. 

lunes, 3 de marzo de 2014

El timbre de su voz

Me confieso amante de los silencios si vienen acompañados de palabras.
Pero solo si son de esas que huelen a cerezos deshojados.
Que saben a piel blanda humedecida y visten la pureza de otros labios.
Solo si son de esas que yo invoco los domingos, cuando la ciudad ya duerme.
Cuando los aldeanos ya se arropan la noche para conquistar el lunes, aunque sea al sol.
Madrugadas de silencios y utopías, epílogo de la dolorosa epifanía.
Silencios de tempestades que arrojen calmas sobre láminas de papel mojado.
Silencios de palabras en canales, que filtren el cielo emponzoñado.
Palabras que devuelvan imágenes de hermosura en forma de grafías malheridas.
Que el dolor se vuelve bello si se viste de redención.

Concédele una tregua a las ondas para que se tomen su tiempo en el viaje por el espacio.
Que hoy no tenemos prisas por reconciliarnos con el ruido.
Hoy le reímos la tregua al silencio con una sonrisa muda y sincera.
Y mientras, respiramos como ese testigo del crimen imperfecto para que el tiempo no nos descubra.  No vaya a ser que al eco le dé por encaramarse a nuestro tejado.


miércoles, 19 de febrero de 2014

De ropa ligera

Y sé que le gustaba observar la textura homogénea del esmalte de mis uñas. Su color rosado. Le recordaba al sabor de mis aureolas. Ese color dulzura e infancia y suavidad y desvelo. Esmalte 372.

Observar mis manos pues en ellas empezaba el pecado. Su perdición y la mía. Que ambos nos confesábamos culpables entre caricias y aspavientos.

Las uñas ni muy largas ni muy cortas. Como las faldas. Bueno no. Mejor que estas fueran cortas para no perderse en el camino hacia cielo cuando la tela ocultara sus deseos.

En verdad mis uñas le gustaban porque eran su complemento preferido. Ni cinturones, ni joyas, ni, por supuesto, ningún pedazo de tela que recubriera mis caderas. Desnuda, que así estás más guapa. Y así, aquel esmalte 372 era la única capa de artificio que vestía el alba.

domingo, 16 de febrero de 2014

No se puede soñar con querer besar al viento


Rumbo al Norte, luego al Sur.
Para acabar siempre en el mismo punto.
La perpendicular de la duda y la inquietud.
La intersección en el desierto sin veredas.

No se puede soñar con querer besar al viento.
Que los besos efímeros no te esperan en la alcoba.
No se puede soñar con querer besar al viento.
Aunque te guste el huracán de sus caderas.
Aunque se te inunde la piel con la tempestad de su espalda
y te moje la cama el ciclón de su madrugada.
No se puede soñar con querer besar al viento.
Al final hasta las brisas resultan agotadoras.

La carne certera es la que de verdad te llena.
Los labios sinceros no buscan sueños sino auroras.
No se puede soñar con querer besar al viento porque cuando este es veleta incierta y tus pies no alcanzan su ritmo, ves como tus sueños y tu querer se han marchado con él.
Y corres el riesgo de pensar que ya no se puede soñar o que ya no se puede querer. Pero en verdad, niña, lo que no se puede es soñar con querer besar al viento.

Sueña, quiere y besa. Aunque de agua sean tus noches.
La carne está viva y ya se enciende en la tierra un nuevo fuego.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Prende la llama

En la pared se ha abierto una grieta
por donde a veces mendiga tu silueta.

Una rendija se cuela por mi ventana.
El ladrón de la noche susurra una nana.

La oquedad del placer clama deseo.
Se dilatan los músculos si te espero.

Cierro los ojos y ahí estás tú.
Abro los ojos y sigues ahí, imperecedero.
Entonces cojo un punzón y empiezo a escarbar en el agujero
con el miedo infame de que al otro lado de la pared
ya solo se encuentre tu sombra.

Peor aún. Con el temor
de que el muro que haya derruido con mis manos
no sea más que los huesos a mi corazón anclado.

Me aterran las punzadas,
pero la tierra sigue impasible en movimiento de rotación.
Y yo querría ser el Sol y no la Luna.


miércoles, 5 de febrero de 2014

En horas bajas

A la intemperie y sin paraguas.
Mojada, desnuda corriendo.
Al amparo de un rayo azul.
Letal, fatal, eléctrico.

Todo se tiñe de polvo
y la ceniza de tus antiguas colillas
sigue consumiendo el oxígeno de mi cama.
sigue compartiendo las horas bajas,
el aire que respiro y las emociones trepando estas cuatro paredes
que tiemblan de miedo, y de frío y de silencio
pues son el escondite en la tormenta.
Pero el rayo ya esperaba en la escalera.

Iba mojada y ligera de ropa en el mes de febrero
fingiendo huir en busca de una guarida
en una piel imantada por el cielo.

sábado, 11 de enero de 2014

Excusas para no cicatrizar

Pegamento en las suelas. Polvo en la solapas. Sal en las heridas. 

Excusas para no cicatrizar. 

Ella se aferró a su cuerpo condenando al letargo la fogosidad del suyo. Las imágenes de su espalda en circunvalación eran latigazos en sus sienes. 

Le gustaría combatir los gemidos y palabras del pasado con la honestidad de su presente. Pero algunas noches aflora la debilidad. Su cuerpo se encoje. Se hace un ovillo su corazón y su cara es una mueca de tristeza y hastío. 

Ella está aprendiendo a disfrutar de la caducidad de los alimentos. La próxima vez que pase algún tren, será ella quien tome el volante. 

Ha tatuado en sus labios la palabra temporal. Sabe que los besos no siempre duran hasta la siguiente primavera, pero no por ello ha de condenar su intensidad. 

Ha aprendido que algunas personas vienen en formato circunstancia. Un país, un idioma, un vínculo, un trabajo, una habitación o, incluso, un momento. 

Nuestro problema siempre son las despedidas.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El arte de la escucha

No saben escuchar. 

Aparentan cara de atención y buenos modales con un gesto de asentimiento en ritmos pares. Conceden tres minutos a su cortés pregunta con la ruda técnica de esquivar largas respuestas cambiando de tema. Y casi siempre vuelven a ellos. O a la risa. O a lo peregrino y baladí. Ellos solo saben caminar, pero no saben hacer el camino. Nunca han apreciado el rastro de otras huellas que no sean las que deja su propia sombra.

Escucha el que siente al otro. Con el otro. El que hacer un ejercicio de comprensión y de empatía. El que se muda de ropajes, de piel, de edad, de tiempo y hasta de silla. El que te mira a los ojos y piensa. El que te pregunta y hace que te sientas cómoda para hablar. 

Y a ese que te escucha. A ese que se cambia de sitio. Al que se pone en tus zapatos aunque calces 5 tallas menos y sean de aguja tus tacones. Al que hace suyas tus palabras para hablar en tu misma lengua. A ese que te ha concedido su tiempo disfrutándolo contigo. Al que ha desterrado el eco de tus noches para reconfortarte con su voz. A ese no le pierdas nunca porque habrás perdido un pedazo tuyo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Ellas

Yo no las convoco; ellas me provocan.

Ellas vuelan. Alborotan mis rutinas y obligaciones para regalar placer a mis noches. Ellas son generosas aunque también intempestivas. Improvisadas e inesperadas. Son visitas que me pillan en pijama y con la cara sin pintar, pero a las que no les importa encontrarme desnuda en la ducha frotándome los muslos y aclarándome la piel.

Acarician mi cabeza. Se cuelan entre mis cabellos para después enredarse entre mis rizos. Luego me susurran al oído y traban alianzas con mis manos para que yo las resucite. Otros días prefieren hipnotizar a mis pupilas.

A veces se atropellan. A veces desobedezco sus llamadas. Otras veces sus susurros son tan tenues y su vuelo tan grácil que mis manos no alcanzan a atraparlas. Pero cuando lo hago, la vida entra por la puerta y los folios blancos se divorcian de la soledad.

Hoy parece ser uno de esos días. Ellas, las palabras, me han vuelto a visitar.

domingo, 13 de octubre de 2013

Mañana nos despertará la lluvia

Y aquí estoy otra vez, vulnerable.
Desnuda y mojada con la soledad de traje.
Y aquí estoy otra vez, olvidando sensaciones.
Apagando los sentidos.
Arropando los vacíos despertares.
Desnuda y mojada y vulnerable.
Calada de oquedades sin dueño.
Cargada de balas sin mensaje.
Y aquí estoy otra vez, palideciendo.
Con la ausencia del calor de un sol de otoño.
Bajo el manto de las nubes que marchita mi color.
Con la piel de la realeza en un corazón de campesina
y la piel hecha jirones profanando la estación.

No lamento tu pérdida. Lamento que yo me haya perdido otra vez.

viernes, 11 de octubre de 2013

Homenajeando a Neruda

Voy a hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.
Pero en invierno, cuando los susurros se vuelven tibios y las palabras se crecen,
cuando los crímenes son perfectos y los cristales protegen.
Pero de noche, cuando la pasión aflora y la ropa de cama nos sobra,
cuando la luna se enciende y el temor desaparece.
Pero a media luz. Siempre a media luz.
Con las farolas de testigo y las sombras en la espera.
Con los instintos encarnecidos y las bombillas fundidas.
Con los dedos encendidos dibujando enredaderas.
Voy a hacer contigo los que el invierno hace con los cerezos, deshojarlos.

Tres sillas rojas y una cuarta en discordancia

Dilatamos demasiado lo que no eran más que dos besos y un polvo casi ceniza abocado a la caducidad del hastío en el estío.

martes, 1 de octubre de 2013

Otoño voraz de noches feroces

Aullido.
La noche cae mullida en un trémulo suspiro.
Aullido.
Los silencios son ocasos de tus ardientes palabras.
Aullido.
El amor sabe en la boca de tus sinceros latidos.
Aullido.
Ella bate sus pestañas en un grácil estallido.
Aullido.
La cama se vuelve tibia entre salvajes gemidos.
Aullido.
La mujer apaga sus sed con el tacto del rocío.
Aullido.
Y el lobo apaga su garganta en un plácido suspiro.
Aullido.
La estación va despertando en la tregua del hastío.


lunes, 9 de septiembre de 2013

Llueve en el canal.

Llueve en el canal.
La tierra empieza a ser fértil en aquella noche desierta, desértica.
La pena ha enmudecido ante la sombra de una vela.
El café ha dejado de ser una rutina para convertirse en una sobremesa.
Se han abierto los poros desterrando el sopor de las caretas.
Todo penetra.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura.
Hasta las paredes antiguas sonríen a la lluvia aún sabiendo que ya se asoman las primeras grietas del otoño.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura. Todo penetra.
Nuestras mentes confinadas al pasado padecen alzheimer.
Nuestros cuerpos se excitan con la amnesia teniendo orgasmos en presente.
La hoquedad del delirio enmudece antes los instintos de tu cuerpo erigido. Erecto.
La vela se ha derretido de tanto gemir el placer en las ocultas hoquedades de aquella noche mojada.
La sangre, el sudor y las lágrimas se mezclan en un mismo sonido, en un profundo alarido.
El agua y el aceite empiezan a congeniar.
Hasta el estiércol tiene un olor agradable. Huele la tierra mojada, limpia y renovada.
Llueve en el canal.