miércoles, 25 de junio de 2014

De cuestiones e intenciones e incertidumbres agotadas

Me voy y dejo la luz apagada para que no me arrebates la silueta de mi sombra. Para que no me susurres cuando notes la cama fría, para que tu voz no interrumpa mi calma con su acorde. Apago la luz, pero esta vez no me oculto ante el día. Tras las fronteras de tu habitación el sol me quema la cara. Hay calor más allá de tus caderas. El día que decidas subir las persianas, si es que algún día lo haces, te darás cuenta de que habría sido más bonito quererme con la luz de la mañana. Pero afortunadamente infinito ya no es la pareja de oportunidad. Se quedaron sin vitamina D de tanto quemar los halógenos de día.

Me voy y dejo una carta de despedida. Que yo siempre fui muy de postales y palabras, aunque tus respuestas fueran  tardías e intermitentes. Me despido con la intención de que vuelvas a buscarme para que me robes la intención de olvidarte que es la que escribe esta carta. No voy a engañarme a mí misma, menos sobre el papel que siempre ha sido mi último refugio.

Pero me voy y esta vez si dejo la puerta cerrada. Para no oírte el susurro. Para que así, si te interesa buscarme, tengas que dar tres zancadas y cuatro gritos que te rescaten de tu guarida. Para que si de verdad me quieres subas la persiana y te atrevas a saltar por los aires a plena luz del día aún a riesgo de quemarte con el sol. Y con la vida.


Irse y dejar. Cuesta conjugar ambos verbos seguidos. Cuesta irse sin haberse dejado tras la puerta y por el camino la renuncia de una historia con destino en puntos suspensivos…

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