Me voy y dejo la luz
apagada para que no me arrebates la silueta de mi sombra. Para que no me
susurres cuando notes la cama fría, para que tu voz no interrumpa mi calma con su acorde.
Apago la luz, pero esta vez no me oculto ante el día. Tras las fronteras de tu
habitación el sol me quema la cara. Hay calor más allá de tus caderas. El día
que decidas subir las persianas, si es que algún día lo haces, te darás cuenta
de que habría sido más bonito quererme con la luz de la mañana. Pero afortunadamente
infinito ya no es la pareja de oportunidad. Se quedaron sin vitamina D de tanto
quemar los halógenos de día.
Me voy y dejo una carta
de despedida. Que yo siempre fui muy de postales y palabras, aunque tus
respuestas fueran tardías e intermitentes.
Me despido con la intención de que vuelvas a buscarme para que me robes la
intención de olvidarte que es la que escribe esta carta. No voy a engañarme a
mí misma, menos sobre el papel que siempre ha sido mi último refugio.
Pero me voy y esta vez si
dejo la puerta cerrada. Para no oírte el susurro. Para que así, si te interesa
buscarme, tengas que dar tres zancadas y cuatro gritos que te rescaten de tu guarida.
Para que si de verdad me quieres subas la persiana y te atrevas a saltar por
los aires a plena luz del día aún a riesgo de quemarte con el sol. Y con la
vida.
Irse y dejar. Cuesta
conjugar ambos verbos seguidos. Cuesta irse sin haberse dejado tras la puerta y
por el camino la renuncia de una historia con destino en puntos suspensivos…
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