En la pared se ha abierto
una grieta
por donde a veces mendiga
tu silueta.
Una rendija se cuela por
mi ventana.
El ladrón de la noche
susurra una nana.
La oquedad del placer
clama deseo.
Se dilatan los músculos
si te espero.
Cierro los ojos y ahí
estás tú.
Abro los ojos y sigues
ahí, imperecedero.
Entonces cojo un punzón y
empiezo a escarbar en el agujero
con el miedo infame de
que al otro lado de la pared
ya solo se encuentre tu
sombra.
Peor aún. Con el temor
de que el muro que haya
derruido con mis manos
no sea más que los huesos
a mi corazón anclado.
Me aterran las punzadas,
pero la tierra sigue
impasible en movimiento de rotación.
Y yo querría ser el Sol y
no la Luna.
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