El
mar está embravecido. Enloquecidas las olas de ron cola. El hielo se azota
contra el cristal y tu garganta sabe amarga con el paso de las horas.
El
mar se quedó dormido. Los turistas se marcharon a la alcoba. Y la luna que lo guarda,
se baña todas las noches sola. Solo soledad sonando. No hay murmullo en el
rompeolas.
La
luna está desnuda y refleja su alma en las gramolas.
La
luna está muda, como la noche tibia y calma que dialoga.
Conversaciones
entre el silencio y el eco que lo arropa.
Lejos
de las olas. La luna penetra por los cristales. Se baña en las ventanas más
intempestivas para regar la luz con sonidos ajenos.
El
aire de la casa está como el mar pero sin b. No se bebe, ni se baña, ni se
busca a sí misma para perderse. Traga sopas calientes en pleno agosto para
quemar las penas.
Caen
gotas del techo sobre sus hombros maltrechos. Las grietas se expanden por las
paredes trazando surcos al compás de cada “glock”. El techo tiene puntualidad suiza
y marca los tempos bañados en sal. Manchados en salitre.
Como
el mar, pero sin b. La taberna mojada hace ruido a las puertas de la orilla. Lanza
piedras contra sus ventanas, pero nadie sale a recibirla. Las gargantas se
atragantan con el ruido del vacío. Las barras
se abarrotan con vasos, cristales y copas. Cada vez más vasos vacíos.
Cada vez más vasos derretidos en sal. Un camarero pica pedazos de hielo. Cada
vez los pica más.
El
aire está enrarecido. La habitación del hotel no salió de la piscina aquella
noche. A la mañana siguiente, las siluetas se volvieron difusas. Las hamacas
mostraban su jolgorio nocturno y aquella madrugada en estado de ebullición.
A la
mañana siguiente ya no había mar, ni orilla, ni luna. La vida se había vuelto
gaseosa.

