Huellas que se perpetraron en la calidez del hielo.
En la celeridad del tiempo,
laten.
Ha llegado Noviembre
y estoy mudando la piel.
El color ha mutado en nuestras ropas,
en nuestros cielos,
en nuestros paisajes,
en nuestras propias carnes.
La Naturaleza desvela nuestra necesidad.
Las hojas tiritan en las copas de los árboles,
se encuentran muy solas y confusas,
porque saben que pronto caerán.
Como todo en este ciclo vital.
Si tuvimos un clima, ese fue el invierno.
El sentimiento brotó fervoroso en el frío de Madrid.
Mis dedos recorren celosos las páginas de un calendario
que volverá a renacer.
Impávida recorrería tu cuerpo,
en la celeridad del tiempo,
en el fulgor del invierno,
en la imposibilidad del hielo.
Y el invierno se consumiría en el fuego. Nuestro fuego.
Mis manos añoran la textura de tu piel.
El áspero papel araña mis anhelos
y corta el tacto con astuta falsedad.
Mis ojos recorren las ventanas
en busca de la última hoja caduca
para empezar a tiritar
en la desnudez gélida e invernal.
domingo, 4 de noviembre de 2012
La incoherencia del placer en el dolor: el eco que retumba
Disquisiciones insípidas,
palabras vacías,
sentidos ausentes.
Lucha de gatos en un acorde estridente,
impertinente,
incoherente,
intermitente.
Caos.
Movimiento migratorio de
los pájaros en mi cabeza.
La eternidad sucumbió a los finales.
Nuestro enemigo fue el tiempo.
En un polvo interrumpido
apagamos el sonido.
Pero en la distancia aún hay eco
y los susurros duelen.
Me hieren .
Y mi infinita utopía
y mi infinita inocencia
y mi infinito deseo
se aferran y se pegan al dolor.
Ese dolor plácido de creer en los imposibles.
Dulzura en la imposibilidad.
Deseos de superioridad por creerme la protagonista
de historias inverosímiles
de ficciones tan remotas
que fantasía parecerían.
Y me disfrazo muchas noches de esa protagonista
entre lágrimas suicidas y sonrisas virginales
entre respuestas ambiguas y promesas potenciales.
Y los susurros duelen...
Tus palabras arañan en mis recuerdos
tempestades.
En un estado onírico,
los cristales de mi ventana se empañan.
Con el vapor del silencio,
congelaría las formas,
que inocentes dibujamos,
en el frío del invierno en un portal.
palabras vacías,
sentidos ausentes.
Lucha de gatos en un acorde estridente,
impertinente,
incoherente,
intermitente.
Caos.
los pájaros en mi cabeza.
La eternidad sucumbió a los finales.
Nuestro enemigo fue el tiempo.
En un polvo interrumpido
apagamos el sonido.
Pero en la distancia aún hay eco
y los susurros duelen.
Me hieren .
Y mi infinita utopía
y mi infinita inocencia
y mi infinito deseo
se aferran y se pegan al dolor.
Ese dolor plácido de creer en los imposibles.
Dulzura en la imposibilidad.
Deseos de superioridad por creerme la protagonista
de historias inverosímiles
de ficciones tan remotas
que fantasía parecerían.
Y me disfrazo muchas noches de esa protagonista
entre lágrimas suicidas y sonrisas virginales
entre respuestas ambiguas y promesas potenciales.
Y los susurros duelen...
Tus palabras arañan en mis recuerdos
tempestades.
En un estado onírico,
los cristales de mi ventana se empañan.
Con el vapor del silencio,
congelaría las formas,
que inocentes dibujamos,
en el frío del invierno en un portal.
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