Villancicos, árboles de Navidad, regalos, decorar el Belén junto a su abuela. Todo eso había quedado atrás. Ya no se entristecía al pensar que no tendría Navidades como las de otros niños. Cenas de risas, canciones y brindis por la alegría. Ya no era una niña. Era la promesa de una mujer. En aquel de diciembre de 2011 ya no lloraba por no tener las Navidades que aparecían en las películas. Se dio cuenta de que las Navidades no tenían porque ser un sinónimo de felicidad. Se dio cuenta de que podía tener otro montón de cenas felices. Con cualquier pizza una noche con amigos. Cualquier momento de chicas con su madre. Cualquier escapada cultural con su padre.
¿Por qué el día de Navidad y no otro día cualquiera? ¿Por qué decir Feliz Navidad y no feliz 23 de diciembre? Era como las religiones, como el fútbol, las navidades no eran otra cosa más. Otro invento del hombre, otra excusa para poder tener un día feliz. ¿Por qué necesitamos tantas excusas para unirnos a celebrar algo con nuestros seres queridos? ¿Por qué necesitamos inventarnos algo para volvernos más simpáticos y sociables un día al año? Sin embargo, después de todo, lo necesitamos.
En verdad, la Navidad es una fiesta cristiana. Se celebra el nacimiento de Cristo. Es curioso la gran cantidad de gente atea que se agrupa en los mercados cuando el solomillo, el marisco y la merluza están al doble de precio para celebrar una fiesta cristina. Paradojas de la vida.