Dejar de escuchar el
ruido para que el silencio hable. Parar, pararse para reconciliarse con la
vida. Parar, aunque el mundo siga impasible el movimiento de rotación.
Parar, pararse. Darse la vuelta
y deshacer el camino. Mirar hacia atrás aceptando el vértigo posible de
afrontar nuestros propios pasos. De conocer nuestras huellas para perdernos en
ellas. De parar, pero por una vez, no para tomar impulso. O si. O no. Mejor
para cambiar el rumbo. Y que esta vez sean nuestros pasos los que decidan.
Parar. Pararse para
descalzarnos y sentir la hierba. Acariciarnos los pies como cuando éramos bebes
y la vida nunca decía no a una caricia.
Parar. Pararse. Acariciar
el suelo y sentir su temperatura. Aún a riesgo de quemarse con la vida. Aún a
riesgo de quemarse con el hielo.
Porque un día te descalzas y descubres la
verdad del asfalto. Recuperas la noción del tiempo y descubres que hace 3 meses
que dejó de ser primavera. Y te quema la vida aunque llueva el otoño. Se te
empapan los poros con la lluvia y no te importa. Porque al fin sabes que le has
ganado la batalla al tiempo, perdiéndolo
en un paseo descalza donde perderte.
Y el silencio nos susurra
mientras escribimos. Mientras nos paramos o nos perdemos por la vida y la
soledad suena de fondo. El silencio nos susurra
las verdades que tanto tiempo andábamos buscando donde no había más que ruido.
Y el silencio nos obliga
a quitarnos las orejeras y dar 360 grados sobre nosotros mismos para ver la
realidad que nos espera. Y que siempre había estado allí. El silencio nos susurra que toca cambiar las
coordenadas y huir por el camino incorrecto para llegar a ninguna parte.
Y las huellas nunca antes
habían dibujado pisadas tan fuertes.
Parar, pararse. A pensar
dos veces cada palabra y la encadenación de todas ellas. Y con cada palabra, pensarse
y encontrarse. Con cada palabra reconciliarse con el mundo para que el mundo se
reconcilie con sus tiempos. Con su tiempo.