miércoles, 19 de febrero de 2014

De ropa ligera

Y sé que le gustaba observar la textura homogénea del esmalte de mis uñas. Su color rosado. Le recordaba al sabor de mis aureolas. Ese color dulzura e infancia y suavidad y desvelo. Esmalte 372.

Observar mis manos pues en ellas empezaba el pecado. Su perdición y la mía. Que ambos nos confesábamos culpables entre caricias y aspavientos.

Las uñas ni muy largas ni muy cortas. Como las faldas. Bueno no. Mejor que estas fueran cortas para no perderse en el camino hacia cielo cuando la tela ocultara sus deseos.

En verdad mis uñas le gustaban porque eran su complemento preferido. Ni cinturones, ni joyas, ni, por supuesto, ningún pedazo de tela que recubriera mis caderas. Desnuda, que así estás más guapa. Y así, aquel esmalte 372 era la única capa de artificio que vestía el alba.

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