Pero solo si son de esas
que huelen a cerezos deshojados.
Que saben a piel blanda
humedecida y visten la pureza de otros labios.
Solo si son de esas que
yo invoco los domingos, cuando la ciudad ya duerme.
Cuando los aldeanos ya se arropan la noche para
conquistar el lunes, aunque sea al sol.
Madrugadas de silencios y
utopías, epílogo de la dolorosa epifanía.
Silencios de tempestades
que arrojen calmas sobre láminas de papel mojado.
Silencios de palabras en
canales, que filtren el cielo emponzoñado.
Palabras que devuelvan
imágenes de hermosura en forma de grafías malheridas.
Que el dolor se vuelve
bello si se viste de redención.
Concédele una tregua a
las ondas para que se tomen su tiempo en el viaje por el espacio.
Que hoy no tenemos prisas
por reconciliarnos con el ruido.
Hoy le reímos la tregua
al silencio con una sonrisa muda y sincera.
Y mientras, respiramos como
ese testigo del crimen imperfecto para que el tiempo no nos descubra. No vaya a ser que al eco le dé por encaramarse
a nuestro tejado.
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