lunes, 3 de marzo de 2014

El timbre de su voz

Me confieso amante de los silencios si vienen acompañados de palabras.
Pero solo si son de esas que huelen a cerezos deshojados.
Que saben a piel blanda humedecida y visten la pureza de otros labios.
Solo si son de esas que yo invoco los domingos, cuando la ciudad ya duerme.
Cuando los aldeanos ya se arropan la noche para conquistar el lunes, aunque sea al sol.
Madrugadas de silencios y utopías, epílogo de la dolorosa epifanía.
Silencios de tempestades que arrojen calmas sobre láminas de papel mojado.
Silencios de palabras en canales, que filtren el cielo emponzoñado.
Palabras que devuelvan imágenes de hermosura en forma de grafías malheridas.
Que el dolor se vuelve bello si se viste de redención.

Concédele una tregua a las ondas para que se tomen su tiempo en el viaje por el espacio.
Que hoy no tenemos prisas por reconciliarnos con el ruido.
Hoy le reímos la tregua al silencio con una sonrisa muda y sincera.
Y mientras, respiramos como ese testigo del crimen imperfecto para que el tiempo no nos descubra.  No vaya a ser que al eco le dé por encaramarse a nuestro tejado.


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