lunes, 10 de noviembre de 2014

Y la escritura se convierte en un acto subversivo

Dejar de escuchar el ruido para que el silencio hable. Parar, pararse para reconciliarse con la vida. Parar, aunque el mundo siga impasible el movimiento de rotación.

Parar, pararse. Darse la vuelta y deshacer el camino. Mirar hacia atrás aceptando el vértigo posible de afrontar nuestros propios pasos. De conocer nuestras huellas para perdernos en ellas. De parar, pero por una vez, no para tomar impulso. O si. O no. Mejor para cambiar el rumbo. Y que esta vez sean nuestros pasos los que decidan.
Parar. Pararse para descalzarnos y sentir la hierba. Acariciarnos los pies como cuando éramos bebes y la vida nunca decía no a una caricia.

Parar. Pararse. Acariciar el suelo y sentir su temperatura. Aún a riesgo de quemarse con la vida. Aún a riesgo de quemarse con el hielo. 

Porque un día te descalzas y descubres la verdad del asfalto. Recuperas la noción del tiempo y descubres que hace 3 meses que dejó de ser primavera. Y te quema la vida aunque llueva el otoño. Se te empapan los poros con la lluvia y no te importa. Porque al fin sabes que le has ganado  la batalla al tiempo, perdiéndolo en un paseo descalza donde perderte.

Y el silencio nos susurra mientras escribimos. Mientras nos paramos o nos perdemos por la vida y la soledad suena de fondo. El silencio nos susurra las verdades que tanto tiempo andábamos buscando donde no había más que ruido.

Y el silencio nos obliga a quitarnos las orejeras y dar 360 grados sobre nosotros mismos para ver la realidad que nos espera. Y que siempre había estado allí. El silencio nos susurra que toca cambiar las coordenadas y huir por el camino incorrecto para llegar a ninguna parte.

Y las huellas nunca antes habían dibujado pisadas tan fuertes.

Parar, pararse. A pensar dos veces cada palabra y la encadenación de todas ellas. Y con cada palabra, pensarse y encontrarse. Con cada palabra reconciliarse con el mundo para que el mundo se reconcilie con sus tiempos. Con su tiempo.


miércoles, 25 de junio de 2014

De cuestiones e intenciones e incertidumbres agotadas

Me voy y dejo la luz apagada para que no me arrebates la silueta de mi sombra. Para que no me susurres cuando notes la cama fría, para que tu voz no interrumpa mi calma con su acorde. Apago la luz, pero esta vez no me oculto ante el día. Tras las fronteras de tu habitación el sol me quema la cara. Hay calor más allá de tus caderas. El día que decidas subir las persianas, si es que algún día lo haces, te darás cuenta de que habría sido más bonito quererme con la luz de la mañana. Pero afortunadamente infinito ya no es la pareja de oportunidad. Se quedaron sin vitamina D de tanto quemar los halógenos de día.

Me voy y dejo una carta de despedida. Que yo siempre fui muy de postales y palabras, aunque tus respuestas fueran  tardías e intermitentes. Me despido con la intención de que vuelvas a buscarme para que me robes la intención de olvidarte que es la que escribe esta carta. No voy a engañarme a mí misma, menos sobre el papel que siempre ha sido mi último refugio.

Pero me voy y esta vez si dejo la puerta cerrada. Para no oírte el susurro. Para que así, si te interesa buscarme, tengas que dar tres zancadas y cuatro gritos que te rescaten de tu guarida. Para que si de verdad me quieres subas la persiana y te atrevas a saltar por los aires a plena luz del día aún a riesgo de quemarte con el sol. Y con la vida.


Irse y dejar. Cuesta conjugar ambos verbos seguidos. Cuesta irse sin haberse dejado tras la puerta y por el camino la renuncia de una historia con destino en puntos suspensivos…

lunes, 12 de mayo de 2014

A veces

Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana.
El último portazo me dejó sorda y ahora dudo si es ruido todo lo que sé.
Un ruido blanco, que tiñe de sombras mi mirar.

Hace frío en mi habitación. La ventana no se ha acabado de abrir ni la puerta de cerrar. Se cuelan vendavales por mis rendijas atemporales.
Hace frío en mi habitación.
Abrígate que hay corriente me decían. Pero había demasiado ruido entre estas cuatro paredes como para sintonizar advertencias. Hace frío en mi habitación.
Ya no consulto el pronóstico del tiempo ni el horóscopo del día pues yo misma soy mi mejor adivina condenándome siempre a la imprevisibilidad.
Hace frío en mi habitación porque a todas mis malas costumbres he añadido la de dormir desnuda.

¿Quién sabe? Nadie se apellida imprevisible. En eso consiste: la cadencia de las horas, el solsticio de un minuto, la templanza de un segundo. A veces es solo cuestión de tiempo. A veces dura solo un segundo.

Pum.

lunes, 10 de marzo de 2014

Rutina en un 31 de agosto

El silencio dolía en las canciones que ya no podría escuchar sin pensar en él.
El silencio de ese angosto agosto en tierra de nadie. 
De espacio de medias tintas y emociones confusas que se cansa de esperar y de que nunca la esperen.


Las sirenas se habían quedado mudas. 
Fundidas las bombillas de los bares de verbena. 
Vacías las esquinas de los amantes. 
El paraíso de las familias que regresan al hogar ávidas de un hueco en el que poder aparcar. 

lunes, 3 de marzo de 2014

El timbre de su voz

Me confieso amante de los silencios si vienen acompañados de palabras.
Pero solo si son de esas que huelen a cerezos deshojados.
Que saben a piel blanda humedecida y visten la pureza de otros labios.
Solo si son de esas que yo invoco los domingos, cuando la ciudad ya duerme.
Cuando los aldeanos ya se arropan la noche para conquistar el lunes, aunque sea al sol.
Madrugadas de silencios y utopías, epílogo de la dolorosa epifanía.
Silencios de tempestades que arrojen calmas sobre láminas de papel mojado.
Silencios de palabras en canales, que filtren el cielo emponzoñado.
Palabras que devuelvan imágenes de hermosura en forma de grafías malheridas.
Que el dolor se vuelve bello si se viste de redención.

Concédele una tregua a las ondas para que se tomen su tiempo en el viaje por el espacio.
Que hoy no tenemos prisas por reconciliarnos con el ruido.
Hoy le reímos la tregua al silencio con una sonrisa muda y sincera.
Y mientras, respiramos como ese testigo del crimen imperfecto para que el tiempo no nos descubra.  No vaya a ser que al eco le dé por encaramarse a nuestro tejado.


miércoles, 19 de febrero de 2014

De ropa ligera

Y sé que le gustaba observar la textura homogénea del esmalte de mis uñas. Su color rosado. Le recordaba al sabor de mis aureolas. Ese color dulzura e infancia y suavidad y desvelo. Esmalte 372.

Observar mis manos pues en ellas empezaba el pecado. Su perdición y la mía. Que ambos nos confesábamos culpables entre caricias y aspavientos.

Las uñas ni muy largas ni muy cortas. Como las faldas. Bueno no. Mejor que estas fueran cortas para no perderse en el camino hacia cielo cuando la tela ocultara sus deseos.

En verdad mis uñas le gustaban porque eran su complemento preferido. Ni cinturones, ni joyas, ni, por supuesto, ningún pedazo de tela que recubriera mis caderas. Desnuda, que así estás más guapa. Y así, aquel esmalte 372 era la única capa de artificio que vestía el alba.

domingo, 16 de febrero de 2014

No se puede soñar con querer besar al viento


Rumbo al Norte, luego al Sur.
Para acabar siempre en el mismo punto.
La perpendicular de la duda y la inquietud.
La intersección en el desierto sin veredas.

No se puede soñar con querer besar al viento.
Que los besos efímeros no te esperan en la alcoba.
No se puede soñar con querer besar al viento.
Aunque te guste el huracán de sus caderas.
Aunque se te inunde la piel con la tempestad de su espalda
y te moje la cama el ciclón de su madrugada.
No se puede soñar con querer besar al viento.
Al final hasta las brisas resultan agotadoras.

La carne certera es la que de verdad te llena.
Los labios sinceros no buscan sueños sino auroras.
No se puede soñar con querer besar al viento porque cuando este es veleta incierta y tus pies no alcanzan su ritmo, ves como tus sueños y tu querer se han marchado con él.
Y corres el riesgo de pensar que ya no se puede soñar o que ya no se puede querer. Pero en verdad, niña, lo que no se puede es soñar con querer besar al viento.

Sueña, quiere y besa. Aunque de agua sean tus noches.
La carne está viva y ya se enciende en la tierra un nuevo fuego.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Prende la llama

En la pared se ha abierto una grieta
por donde a veces mendiga tu silueta.

Una rendija se cuela por mi ventana.
El ladrón de la noche susurra una nana.

La oquedad del placer clama deseo.
Se dilatan los músculos si te espero.

Cierro los ojos y ahí estás tú.
Abro los ojos y sigues ahí, imperecedero.
Entonces cojo un punzón y empiezo a escarbar en el agujero
con el miedo infame de que al otro lado de la pared
ya solo se encuentre tu sombra.

Peor aún. Con el temor
de que el muro que haya derruido con mis manos
no sea más que los huesos a mi corazón anclado.

Me aterran las punzadas,
pero la tierra sigue impasible en movimiento de rotación.
Y yo querría ser el Sol y no la Luna.


miércoles, 5 de febrero de 2014

En horas bajas

A la intemperie y sin paraguas.
Mojada, desnuda corriendo.
Al amparo de un rayo azul.
Letal, fatal, eléctrico.

Todo se tiñe de polvo
y la ceniza de tus antiguas colillas
sigue consumiendo el oxígeno de mi cama.
sigue compartiendo las horas bajas,
el aire que respiro y las emociones trepando estas cuatro paredes
que tiemblan de miedo, y de frío y de silencio
pues son el escondite en la tormenta.
Pero el rayo ya esperaba en la escalera.

Iba mojada y ligera de ropa en el mes de febrero
fingiendo huir en busca de una guarida
en una piel imantada por el cielo.

sábado, 11 de enero de 2014

Excusas para no cicatrizar

Pegamento en las suelas. Polvo en la solapas. Sal en las heridas. 

Excusas para no cicatrizar. 

Ella se aferró a su cuerpo condenando al letargo la fogosidad del suyo. Las imágenes de su espalda en circunvalación eran latigazos en sus sienes. 

Le gustaría combatir los gemidos y palabras del pasado con la honestidad de su presente. Pero algunas noches aflora la debilidad. Su cuerpo se encoje. Se hace un ovillo su corazón y su cara es una mueca de tristeza y hastío. 

Ella está aprendiendo a disfrutar de la caducidad de los alimentos. La próxima vez que pase algún tren, será ella quien tome el volante. 

Ha tatuado en sus labios la palabra temporal. Sabe que los besos no siempre duran hasta la siguiente primavera, pero no por ello ha de condenar su intensidad. 

Ha aprendido que algunas personas vienen en formato circunstancia. Un país, un idioma, un vínculo, un trabajo, una habitación o, incluso, un momento. 

Nuestro problema siempre son las despedidas.