domingo, 1 de marzo de 2015

Latas de conserva

Un hombre muy atractivo con cazadora de cuero y pelo negro con un aire cuidadosamente desenfadado entra en el despacho de mi jefa. Una fervorosa enhorabuena fundida en un cercano abrazo inaugura su visita a la quinta planta. Después se cierra la puerta.

Me quedo pensativa y caigo en la cuenta de que es el mismo hombre que subiendo el ascensor tocaba el cartel donde figura qué hay en cada planta y murmuraba cuánto había cambiado todo. Yo me reí pensando que no era así. Ese cartel ya estaba allí cuando yo entré a trabajar hacía cinco meses.

Al fondo de la oficina todavía quedan platos con aceitunas, patatas y sándwiches. El pan ya está un poco seco desde la hora del aperitivo. Las botellas de vino están vacías.

Se abre la puerta del despacho de mi jefa y resuena la alegría y la risa de quien ha resultado contratado y ascendido.

Comienzan las presentaciones y las sonrisas envueltas en un tono amable y llamativo.

Los platos de plástico todavía lucen el caldo esplendoroso de las latas de conserva.

El nuevo jefe abandona la quinta planta dejando tras de si un rastro de triunfo y energía. Su perfume persiste en nuestro olfato durante unos minutos. Pero es más fuerte la imagen de su sonrisa. Lo que es seguro es que su paso por la quinta planta no ha dejado a nadie indiferente.

Mercedes vuelve del baño masticando una aceituna. Son las 22 de la noche y todavía queda mucho trabajo por hacer, a pesar de que la jornada laboral hubiese concluido hacía ya un par de horas.

Son aceitunas sin hueso. Rellenas de anchoas. Solo quedará el caldo avinagrado en los platos. Los recipientes llenos de roídos huesos ya no se estilan. Mejor para las señoras de la limpieza.

Estamos cansados y alguno desea que quedara un poquito de vino por ahí escondido, aunque fuera peleón, para acompañar las aceitunas y las patatas fritas. Pero aquel mediodía la gente solo quería vino, tanto como para que el pan de los sándwiches se quedara rancio y los platos llegaran hasta la noche rebosantes de comida.

Mercedes mastica rápido. Juanma se acerca a darle un beso por detrás. Todos le abrazan y le besan. Menos yo. Pronuncian palabras de apoyo y felicitación que no alcanzó a comprender.

-Bárbara, ¿qué pasa?
-A Juanma le han echado. Esta mañana en el brindis de despedida casi lloro hasta yo, que llevo aquí dos semanas.

En el ascensor le pregunto a Laura para que me dé más detalles. Ella entró hace un mes escaso y en situaciones así está tan perdida como yo, que llegué a la quinta planta en octubre.

Cada vez somos más los que nos perdemos en estas situaciones. La mitad de la planta viste menos arrugas. Los tintes ya solo se lucen en la cuarta o en la redacción.

Cada vez hay más brindis de despedida y son menos los que se emocionan o lloran en ellos.

Los que se quedan ( o nos quedamos) hasta las tantas, lo empiezan a agradecer. Una vez por semana hay pasteles o aperitivos que hacen más llevaderas las horas extras.


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