Escribir. No para
desarmar el corazón. No para derramar el alma. Escribir para vivir, para
disfrutar, para sentir.
Un día tímido, de un
agosto tranquilo, de esos que tiene Madrid en vacaciones, te paras a pensar y
sientes una seguridad que te lleva más lejos, que te colma y te culmina, que te
hace feliz.
Y quieres condensar ese
momento en unas cuantas letras. Por sí un día te da por olvidar esa sensación
de plenitud. Por si se te olvida que tan importante es correr como detenerse a
tomar impulso.
La vida se desparrama y
nuestros ingrávidos cuerpos no saben qué hacer para atraparla. Corren ilusos a
cazar esas mariposas salvajes que no se doblegan ni a ritmos ni a compases ni a
rutinas ni a sociedades.
La vida se desparrama y
nosotros seguimos corriendo hasta que un día nos damos cuenta de que hemos
perdido el rumbo, que las mariposas se han ido y las rutinas, los ritmos y los
compases nos siguen robando las horas.
La vida se desparrama y
yo me pongo a escribir. Todo un pecado, todo un delito. ¿Un acto de locura? El
aleteo de una pequeña criatura empieza a rozar mi mano mientras la vida se
desparrama.