lunes, 19 de agosto de 2013

La vida se desparrama y yo me pongo a escribir

Escribir. No para desarmar el corazón. No para derramar el alma. Escribir para vivir, para disfrutar, para sentir.

Un día tímido, de un agosto tranquilo, de esos que tiene Madrid en vacaciones, te paras a pensar y sientes una seguridad que te lleva más lejos, que te colma y te culmina, que te hace feliz.

Y quieres condensar ese momento en unas cuantas letras. Por sí un día te da por olvidar esa sensación de plenitud. Por si se te olvida que tan importante es correr como detenerse a tomar impulso.

La vida se desparrama y nuestros ingrávidos cuerpos no saben qué hacer para atraparla. Corren ilusos a cazar esas mariposas salvajes que no se doblegan ni a ritmos ni a compases ni a rutinas ni a sociedades.

La vida se desparrama y nosotros seguimos corriendo hasta que un día nos damos cuenta de que hemos perdido el rumbo, que las mariposas se han ido y las rutinas, los ritmos y los compases nos siguen robando las horas.


La vida se desparrama y yo me pongo a escribir. Todo un pecado, todo un delito. ¿Un acto de locura? El aleteo de una pequeña criatura empieza a rozar mi mano mientras la vida se desparrama.

sábado, 17 de agosto de 2013

Náufragos de las horas

El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Mullida, cálida y complaciente. Era de noche y el sol había dejado su legado.
El mar de noche es la mejor metáfora de la vida. O mejor aún, de la vida de los amores efímeros.
Resulta curioso que cuando la luz natural ya no ejerce sus destellos, vemos más hermoso el paisaje. Y a sus personajes.
Resulta curioso que cuando el eco de quien algunos llaman Apolo -otros prefieren referirse a él como Lorenzo- ya no incide en nuestros rostros, el sex-appeal parece florecer.
La pátina de la noche es el mejor disfraz, el mejor y estimulante de los barnices.
Porque nos gusta vivir así, a tientas, a tontas y a locas. Con la premura del momento y la ternura de las horas. Con la luna por compañera por si al día siguiente se le ocurre amanecer.
Frugal, estival, el romance abocado a la caducidad de la vida, a la ley del tiempo.
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Nosotros, ilusos, creíamos que el calor que sentíamos moriría al amanecer.
Olvidamos que el mar era inmenso antes que intenso. Que si la marea baja es porque volverá a subir. Olvidamos o quisimos olvidar. Y la inmensidad de la noche nos hizo náufragos.

lunes, 12 de agosto de 2013

Un té sabor a tiempo

Se fue y dejó su taza de té sin terminar. El se bebió sorbo a sorbo la vida, la noche, el frío y el tiempo en los rincones que había habitado su boca.

El aroma a hierbabuena mojaba su paladar como antes sus labios se habían mojado. Intentaba recordar en esa taza, en esos sorbos, todos lo momentos que habían pasado juntos.

Supongo que prefería quedarse con eso. Con los momentos, con su sabor y con el último rastro de su boca. Aunque fueran en una taza de té y no en sus labios.