Es ese no dirigir el
rumbo,
cómo el rumor de la
corriente me asusta y alienta.
La sorpresa está en mi
naturaleza
Pero en noches como esta
me siento vulnerable,
el universo se me vuelve
demasiado grande.
Es como un todo que me
devora y yo no soy nada.
Es el abismo. El vacío.
Es ese ruido que estalla
y ensordece nuestro mirar.
Es una habitación oscura,
una cama extraña de un hotel,
unas sábanas ajenas, un
pañuelo de seda sin satén.
Es el miedo en todas sus
formas: ser capaz de adentrarte en la tormenta sin que nada te importe porque
no sabes qué es lo que verdaderamente importa.
Es el miedo en todas sus
formas: la sensación de no querer salir de ese refugio que es nuestra
habitación cuando la ciudad aún duerme y todavía no has subido las persianas.
Ausencia de miedo. Miedo
incluso de ti.
La marea está subiendo en
la ciudad de Madrid.
Es octubre y la gente
camina en pantalón corto.
Todo ha cambiado. Todo va
a cambiar.
Y me pierdo buscando a la
gente porque ya no me encuentro ni yo.
A tientas,
dando bandazos,
con una brújula sin norte
y un pasado por arder.
El gas de los coches ha
ocultado las estrellas,
las farolas son bombillas fundidas en el pérfido anochecer.
Y ahora me toca caminar a
ciegas. Sola.
Tengo mucho frío.
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