Siento que soy un capricho. Una piruleta que se te antoja cuando eres pequeño porque ves a un niño en el parque comiendo una. Un pastel que te entra por los ojos cuando pasas por el escaparate de un pastelería. Un coche, una colonia, unos pantalones, un reloj... un capricho.
La pena es que yo no soy inerte, yo no soy un bien inmaterial. La pena es que cuando te comas el pastel todo se ha acabado sin que el chocolate sufra por haberse consumido en tu boca. La pena es que cuando te canses de esos pantalones, estos no sufrirán por quedarse arrinconados en el fondo del armario.
Lo que pasa es que cuando la conocen, sienten unas ganas irrefrenables de huir, de escapar. Sentimientos poderosos y desconocidos invaden su cuerpo y ellos quieren evitar que se cuelen en su corazón. Y corren, huyen, finalizan las historias antes de que estas hubieran llegado a su fin.
Una vez que han probado el placer del chocolate, parece que no desean volverse adictos al dulce.
Derretirse.
Sobrevivir a base de dulce puede ser sano. Alimentarse con besos sinceros debería ser una obligación.
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