sábado, 19 de mayo de 2012

Las máscaras no deben coserse a la piel

-Buenos días, ¿venden máscaras?
-Claro señorita, esto es una tienda de disfraces, ¡cómo no íbamos a vender máscaras! Acompáñeme, le enseñaré los modelos que tenemos.

María caminó por los pasillos de aquella tienda de disfraces hasta llegar a una repisa repleta de lo que parecían las formas de unos rostros fabricados con plástico y artificio.

-Discúlpeme usted a mí, pero esto no es lo que busco. Si salgo a la calle con esto seguiré siendo yo. Igual  la gente no adivinará mi rostro, pero mi forma de ser, de caminar, de hablar, de sentir seguirá siendo la misma.

El dependiente de la tienda miró a María con cara de loca. Pensó que debería invertir su tiempo en ir a un psicólogo en lugar de pasearse por tiendas de disfraces.

La máscara que María necesitaba debía amasarla ella misma a su medida. Ella debía cortar el cuero y coser la goma. Mejor aún, ella debía coser la máscara a su piel.

Hay máscaras que se hacen de aire, de ponzoña y sentimientos. Máscaras con color a madera quemada, a tierra yerma y a heridas que aún sangran la piel. Hay muchas clases de máscaras. Máscaras transparentes, máscaras incoloras, inodoras y amargas. Máscaras que te cubren de hielo y hacen de hierro tu ser. Máscaras que hacen de ti una masa pétrea, que entierran tanto tu corazón que acaban por deshumanizarte. Hay muchas clases de máscaras. Pero las máscaras son siempre de quita y pon. Y cuando tu quieras puede acabar la función y dejar de interpretar. Las máscaras tienen una goma cosida precisamente para eso. Para que tú decidas cuando quitártela. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario