miércoles, 19 de febrero de 2014

De ropa ligera

Y sé que le gustaba observar la textura homogénea del esmalte de mis uñas. Su color rosado. Le recordaba al sabor de mis aureolas. Ese color dulzura e infancia y suavidad y desvelo. Esmalte 372.

Observar mis manos pues en ellas empezaba el pecado. Su perdición y la mía. Que ambos nos confesábamos culpables entre caricias y aspavientos.

Las uñas ni muy largas ni muy cortas. Como las faldas. Bueno no. Mejor que estas fueran cortas para no perderse en el camino hacia cielo cuando la tela ocultara sus deseos.

En verdad mis uñas le gustaban porque eran su complemento preferido. Ni cinturones, ni joyas, ni, por supuesto, ningún pedazo de tela que recubriera mis caderas. Desnuda, que así estás más guapa. Y así, aquel esmalte 372 era la única capa de artificio que vestía el alba.

domingo, 16 de febrero de 2014

No se puede soñar con querer besar al viento


Rumbo al Norte, luego al Sur.
Para acabar siempre en el mismo punto.
La perpendicular de la duda y la inquietud.
La intersección en el desierto sin veredas.

No se puede soñar con querer besar al viento.
Que los besos efímeros no te esperan en la alcoba.
No se puede soñar con querer besar al viento.
Aunque te guste el huracán de sus caderas.
Aunque se te inunde la piel con la tempestad de su espalda
y te moje la cama el ciclón de su madrugada.
No se puede soñar con querer besar al viento.
Al final hasta las brisas resultan agotadoras.

La carne certera es la que de verdad te llena.
Los labios sinceros no buscan sueños sino auroras.
No se puede soñar con querer besar al viento porque cuando este es veleta incierta y tus pies no alcanzan su ritmo, ves como tus sueños y tu querer se han marchado con él.
Y corres el riesgo de pensar que ya no se puede soñar o que ya no se puede querer. Pero en verdad, niña, lo que no se puede es soñar con querer besar al viento.

Sueña, quiere y besa. Aunque de agua sean tus noches.
La carne está viva y ya se enciende en la tierra un nuevo fuego.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Prende la llama

En la pared se ha abierto una grieta
por donde a veces mendiga tu silueta.

Una rendija se cuela por mi ventana.
El ladrón de la noche susurra una nana.

La oquedad del placer clama deseo.
Se dilatan los músculos si te espero.

Cierro los ojos y ahí estás tú.
Abro los ojos y sigues ahí, imperecedero.
Entonces cojo un punzón y empiezo a escarbar en el agujero
con el miedo infame de que al otro lado de la pared
ya solo se encuentre tu sombra.

Peor aún. Con el temor
de que el muro que haya derruido con mis manos
no sea más que los huesos a mi corazón anclado.

Me aterran las punzadas,
pero la tierra sigue impasible en movimiento de rotación.
Y yo querría ser el Sol y no la Luna.


miércoles, 5 de febrero de 2014

En horas bajas

A la intemperie y sin paraguas.
Mojada, desnuda corriendo.
Al amparo de un rayo azul.
Letal, fatal, eléctrico.

Todo se tiñe de polvo
y la ceniza de tus antiguas colillas
sigue consumiendo el oxígeno de mi cama.
sigue compartiendo las horas bajas,
el aire que respiro y las emociones trepando estas cuatro paredes
que tiemblan de miedo, y de frío y de silencio
pues son el escondite en la tormenta.
Pero el rayo ya esperaba en la escalera.

Iba mojada y ligera de ropa en el mes de febrero
fingiendo huir en busca de una guarida
en una piel imantada por el cielo.

sábado, 11 de enero de 2014

Excusas para no cicatrizar

Pegamento en las suelas. Polvo en la solapas. Sal en las heridas. 

Excusas para no cicatrizar. 

Ella se aferró a su cuerpo condenando al letargo la fogosidad del suyo. Las imágenes de su espalda en circunvalación eran latigazos en sus sienes. 

Le gustaría combatir los gemidos y palabras del pasado con la honestidad de su presente. Pero algunas noches aflora la debilidad. Su cuerpo se encoje. Se hace un ovillo su corazón y su cara es una mueca de tristeza y hastío. 

Ella está aprendiendo a disfrutar de la caducidad de los alimentos. La próxima vez que pase algún tren, será ella quien tome el volante. 

Ha tatuado en sus labios la palabra temporal. Sabe que los besos no siempre duran hasta la siguiente primavera, pero no por ello ha de condenar su intensidad. 

Ha aprendido que algunas personas vienen en formato circunstancia. Un país, un idioma, un vínculo, un trabajo, una habitación o, incluso, un momento. 

Nuestro problema siempre son las despedidas.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El arte de la escucha

No saben escuchar. 

Aparentan cara de atención y buenos modales con un gesto de asentimiento en ritmos pares. Conceden tres minutos a su cortés pregunta con la ruda técnica de esquivar largas respuestas cambiando de tema. Y casi siempre vuelven a ellos. O a la risa. O a lo peregrino y baladí. Ellos solo saben caminar, pero no saben hacer el camino. Nunca han apreciado el rastro de otras huellas que no sean las que deja su propia sombra.

Escucha el que siente al otro. Con el otro. El que hacer un ejercicio de comprensión y de empatía. El que se muda de ropajes, de piel, de edad, de tiempo y hasta de silla. El que te mira a los ojos y piensa. El que te pregunta y hace que te sientas cómoda para hablar. 

Y a ese que te escucha. A ese que se cambia de sitio. Al que se pone en tus zapatos aunque calces 5 tallas menos y sean de aguja tus tacones. Al que hace suyas tus palabras para hablar en tu misma lengua. A ese que te ha concedido su tiempo disfrutándolo contigo. Al que ha desterrado el eco de tus noches para reconfortarte con su voz. A ese no le pierdas nunca porque habrás perdido un pedazo tuyo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Ellas

Yo no las convoco; ellas me provocan.

Ellas vuelan. Alborotan mis rutinas y obligaciones para regalar placer a mis noches. Ellas son generosas aunque también intempestivas. Improvisadas e inesperadas. Son visitas que me pillan en pijama y con la cara sin pintar, pero a las que no les importa encontrarme desnuda en la ducha frotándome los muslos y aclarándome la piel.

Acarician mi cabeza. Se cuelan entre mis cabellos para después enredarse entre mis rizos. Luego me susurran al oído y traban alianzas con mis manos para que yo las resucite. Otros días prefieren hipnotizar a mis pupilas.

A veces se atropellan. A veces desobedezco sus llamadas. Otras veces sus susurros son tan tenues y su vuelo tan grácil que mis manos no alcanzan a atraparlas. Pero cuando lo hago, la vida entra por la puerta y los folios blancos se divorcian de la soledad.

Hoy parece ser uno de esos días. Ellas, las palabras, me han vuelto a visitar.