viernes, 16 de enero de 2015

La amable mujer y el asiento vacío

El metro iba lento como la niebla en la carretera de aquella mañana de invierno. Pero no me molestaba. Cualquier excusa es buena en época de exámenes para prorrogar el encadenamiento a la silla. 

Una mujer le cedía la silla a una niña de escasos tres años. Y yo con mis escasas cuatro horas de sueño me preguntaba que por qué si no iba con muletas, ni lucía flagrante sus canas o una prominente barriga llena de vida. 

Y luego pensé que por qué no. 

Una mujer leía en inglés el libro de Come, reza, ama sentada junto a un desconocido que repasaba partituras con sus cascos puestos. 

Junto con un desconocido. Curiosa frase. Curiosa imagen. La ciudad tiene pasajes así. Imágenes de miles de desconocidos que cada mañana juntas sus nalgas y esquivan sus bocas para seguir siéndolo. La próxemica se rompe en los vagones de la hora punta. 

La niña me mira y bosteza. Aunque solo sea una niña también le pesan los párpados cuando cae la tarde. Se baja del tren y pienso en que por sus rasgos procedería de algún país de Latinoamérica. Si no ella, sus padres. Al lado de la niña un hombre perdía su mirada. No tenía intención de ir a buscarla. Al lado de la niña había un hombre desconocido de pelo gris y sonrisa descascarillada. Sujetaba una lata de cerveza y yo intuía que olería a alcohol, aunque no lo hiciera. 

Reflexioné entonces un instante sobre la cáscara de mis pensamientos. Más bien sobre el córtex. Había tres huecos libres y mis ojos se fijaron primero en el de los dos asientos vacíos contiguos. Luego repararía en el que se encontraba en frente vacío, al lado del hombre de pelo gris y sonrisa descascarillada, que ocuparía la niña tres estaciones más tardes. 

Cuando entré en el vagón en busca de sitio, la amable mujer que cedería su asiento aún no había aparecido en escena. Su papel de figurante fue breve, pero significativo. Sin ella nadie le habría rozado el hombro al hombre de mirada perdida ni habría encendido en mí la chispa para la reflexión. 

Pensé en si tendría algún prejuicio que me hubiera llevado a sentarme en los dos huecos en vez de al lado de aquel desconocido. Pensé en por qué habrían reparado mis ojos en el origen de la niña. Si hubiera sido una niña española, habría intentado calcular su edad o me habría recordado a mi misma cuando era pequeña. Pensé en por qué me había puesto a reflexionar en señoras de cincuenta años que le ceden el asiento a niñas de tres. 

La niña se bajó del metro con un joven cuyo vínculo familiar no llegué a adivinar. Una señora cargada con bolsas, que sobrepasaba los cincuenta años, y lucía la cuesta de enero en las raíces blancas de su cabeza, ocupó su asiento. Yo me bajaría en la parada siguiente. 


lunes, 10 de noviembre de 2014

Y la escritura se convierte en un acto subversivo

Dejar de escuchar el ruido para que el silencio hable. Parar, pararse para reconciliarse con la vida. Parar, aunque el mundo siga impasible el movimiento de rotación.

Parar, pararse. Darse la vuelta y deshacer el camino. Mirar hacia atrás aceptando el vértigo posible de afrontar nuestros propios pasos. De conocer nuestras huellas para perdernos en ellas. De parar, pero por una vez, no para tomar impulso. O si. O no. Mejor para cambiar el rumbo. Y que esta vez sean nuestros pasos los que decidan.
Parar. Pararse para descalzarnos y sentir la hierba. Acariciarnos los pies como cuando éramos bebes y la vida nunca decía no a una caricia.

Parar. Pararse. Acariciar el suelo y sentir su temperatura. Aún a riesgo de quemarse con la vida. Aún a riesgo de quemarse con el hielo. 

Porque un día te descalzas y descubres la verdad del asfalto. Recuperas la noción del tiempo y descubres que hace 3 meses que dejó de ser primavera. Y te quema la vida aunque llueva el otoño. Se te empapan los poros con la lluvia y no te importa. Porque al fin sabes que le has ganado  la batalla al tiempo, perdiéndolo en un paseo descalza donde perderte.

Y el silencio nos susurra mientras escribimos. Mientras nos paramos o nos perdemos por la vida y la soledad suena de fondo. El silencio nos susurra las verdades que tanto tiempo andábamos buscando donde no había más que ruido.

Y el silencio nos obliga a quitarnos las orejeras y dar 360 grados sobre nosotros mismos para ver la realidad que nos espera. Y que siempre había estado allí. El silencio nos susurra que toca cambiar las coordenadas y huir por el camino incorrecto para llegar a ninguna parte.

Y las huellas nunca antes habían dibujado pisadas tan fuertes.

Parar, pararse. A pensar dos veces cada palabra y la encadenación de todas ellas. Y con cada palabra, pensarse y encontrarse. Con cada palabra reconciliarse con el mundo para que el mundo se reconcilie con sus tiempos. Con su tiempo.


miércoles, 25 de junio de 2014

De cuestiones e intenciones e incertidumbres agotadas

Me voy y dejo la luz apagada para que no me arrebates la silueta de mi sombra. Para que no me susurres cuando notes la cama fría, para que tu voz no interrumpa mi calma con su acorde. Apago la luz, pero esta vez no me oculto ante el día. Tras las fronteras de tu habitación el sol me quema la cara. Hay calor más allá de tus caderas. El día que decidas subir las persianas, si es que algún día lo haces, te darás cuenta de que habría sido más bonito quererme con la luz de la mañana. Pero afortunadamente infinito ya no es la pareja de oportunidad. Se quedaron sin vitamina D de tanto quemar los halógenos de día.

Me voy y dejo una carta de despedida. Que yo siempre fui muy de postales y palabras, aunque tus respuestas fueran  tardías e intermitentes. Me despido con la intención de que vuelvas a buscarme para que me robes la intención de olvidarte que es la que escribe esta carta. No voy a engañarme a mí misma, menos sobre el papel que siempre ha sido mi último refugio.

Pero me voy y esta vez si dejo la puerta cerrada. Para no oírte el susurro. Para que así, si te interesa buscarme, tengas que dar tres zancadas y cuatro gritos que te rescaten de tu guarida. Para que si de verdad me quieres subas la persiana y te atrevas a saltar por los aires a plena luz del día aún a riesgo de quemarte con el sol. Y con la vida.


Irse y dejar. Cuesta conjugar ambos verbos seguidos. Cuesta irse sin haberse dejado tras la puerta y por el camino la renuncia de una historia con destino en puntos suspensivos…

lunes, 12 de mayo de 2014

A veces

Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana.
El último portazo me dejó sorda y ahora dudo si es ruido todo lo que sé.
Un ruido blanco, que tiñe de sombras mi mirar.

Hace frío en mi habitación. La ventana no se ha acabado de abrir ni la puerta de cerrar. Se cuelan vendavales por mis rendijas atemporales.
Hace frío en mi habitación.
Abrígate que hay corriente me decían. Pero había demasiado ruido entre estas cuatro paredes como para sintonizar advertencias. Hace frío en mi habitación.
Ya no consulto el pronóstico del tiempo ni el horóscopo del día pues yo misma soy mi mejor adivina condenándome siempre a la imprevisibilidad.
Hace frío en mi habitación porque a todas mis malas costumbres he añadido la de dormir desnuda.

¿Quién sabe? Nadie se apellida imprevisible. En eso consiste: la cadencia de las horas, el solsticio de un minuto, la templanza de un segundo. A veces es solo cuestión de tiempo. A veces dura solo un segundo.

Pum.

lunes, 10 de marzo de 2014

Rutina en un 31 de agosto

El silencio dolía en las canciones que ya no podría escuchar sin pensar en él.
El silencio de ese angosto agosto en tierra de nadie. 
De espacio de medias tintas y emociones confusas que se cansa de esperar y de que nunca la esperen.


Las sirenas se habían quedado mudas. 
Fundidas las bombillas de los bares de verbena. 
Vacías las esquinas de los amantes. 
El paraíso de las familias que regresan al hogar ávidas de un hueco en el que poder aparcar. 

lunes, 3 de marzo de 2014

El timbre de su voz

Me confieso amante de los silencios si vienen acompañados de palabras.
Pero solo si son de esas que huelen a cerezos deshojados.
Que saben a piel blanda humedecida y visten la pureza de otros labios.
Solo si son de esas que yo invoco los domingos, cuando la ciudad ya duerme.
Cuando los aldeanos ya se arropan la noche para conquistar el lunes, aunque sea al sol.
Madrugadas de silencios y utopías, epílogo de la dolorosa epifanía.
Silencios de tempestades que arrojen calmas sobre láminas de papel mojado.
Silencios de palabras en canales, que filtren el cielo emponzoñado.
Palabras que devuelvan imágenes de hermosura en forma de grafías malheridas.
Que el dolor se vuelve bello si se viste de redención.

Concédele una tregua a las ondas para que se tomen su tiempo en el viaje por el espacio.
Que hoy no tenemos prisas por reconciliarnos con el ruido.
Hoy le reímos la tregua al silencio con una sonrisa muda y sincera.
Y mientras, respiramos como ese testigo del crimen imperfecto para que el tiempo no nos descubra.  No vaya a ser que al eco le dé por encaramarse a nuestro tejado.


miércoles, 19 de febrero de 2014

De ropa ligera

Y sé que le gustaba observar la textura homogénea del esmalte de mis uñas. Su color rosado. Le recordaba al sabor de mis aureolas. Ese color dulzura e infancia y suavidad y desvelo. Esmalte 372.

Observar mis manos pues en ellas empezaba el pecado. Su perdición y la mía. Que ambos nos confesábamos culpables entre caricias y aspavientos.

Las uñas ni muy largas ni muy cortas. Como las faldas. Bueno no. Mejor que estas fueran cortas para no perderse en el camino hacia cielo cuando la tela ocultara sus deseos.

En verdad mis uñas le gustaban porque eran su complemento preferido. Ni cinturones, ni joyas, ni, por supuesto, ningún pedazo de tela que recubriera mis caderas. Desnuda, que así estás más guapa. Y así, aquel esmalte 372 era la única capa de artificio que vestía el alba.