Una mujer le cedía la silla a una niña de escasos tres años. Y yo con mis escasas cuatro horas de sueño me preguntaba que por qué si no iba con muletas, ni lucía flagrante sus canas o una prominente barriga llena de vida.
Y luego pensé que por qué no.
Una mujer leía en inglés el libro de Come, reza, ama sentada junto a un desconocido que repasaba partituras con sus cascos puestos.
Junto con un desconocido. Curiosa frase. Curiosa imagen. La ciudad tiene pasajes así. Imágenes de miles de desconocidos que cada mañana juntas sus nalgas y esquivan sus bocas para seguir siéndolo. La próxemica se rompe en los vagones de la hora punta.
La niña me mira y bosteza. Aunque solo sea una niña también le pesan los párpados cuando cae la tarde. Se baja del tren y pienso en que por sus rasgos procedería de algún país de Latinoamérica. Si no ella, sus padres. Al lado de la niña un hombre perdía su mirada. No tenía intención de ir a buscarla. Al lado de la niña había un hombre desconocido de pelo gris y sonrisa descascarillada. Sujetaba una lata de cerveza y yo intuía que olería a alcohol, aunque no lo hiciera.
Reflexioné entonces un instante sobre la cáscara de mis pensamientos. Más bien sobre el córtex. Había tres huecos libres y mis ojos se fijaron primero en el de los dos asientos vacíos contiguos. Luego repararía en el que se encontraba en frente vacío, al lado del hombre de pelo gris y sonrisa descascarillada, que ocuparía la niña tres estaciones más tardes.
Cuando entré en el vagón en busca de sitio, la amable mujer que cedería su asiento aún no había aparecido en escena. Su papel de figurante fue breve, pero significativo. Sin ella nadie le habría rozado el hombro al hombre de mirada perdida ni habría encendido en mí la chispa para la reflexión.
Pensé en si tendría algún prejuicio que me hubiera llevado a sentarme en los dos huecos en vez de al lado de aquel desconocido. Pensé en por qué habrían reparado mis ojos en el origen de la niña. Si hubiera sido una niña española, habría intentado calcular su edad o me habría recordado a mi misma cuando era pequeña. Pensé en por qué me había puesto a reflexionar en señoras de cincuenta años que le ceden el asiento a niñas de tres.
La niña se bajó del metro con un joven cuyo vínculo familiar no llegué a adivinar. Una señora cargada con bolsas, que sobrepasaba los cincuenta años, y lucía la cuesta de enero en las raíces blancas de su cabeza, ocupó su asiento. Yo me bajaría en la parada siguiente.

