Era un espíritu libre. Una fábrica de sueños. Un suspiro en la madrugada.
Le encantaba leer libros. También disfrutaba viendo películas pero solo se desnudaba en las palabras de aquellos sus personajes.
Cada noche reposaba su cabeza contra la almohada y comenzaba la aventura.
Mientras su cuerpo descansaba arropado entre las sábanas de su hogareña cama, el viento chocaba contra el rostro efímero de su alma.
Cada noche cuando abría un libro y sus ojos comenzaban a recorrer la tinta depositada en aquellas páginas, su alma se despertaba para viajar a paraísos desconocidos. Para vivir en los corazones de aquellos personajes ficticios que tanto la cautivaban.
Era una premoción. Una alegoría. Era un juego de inocentes que desataba su lujuria.
Pero llegaba un momento en que la función debía finalizar y justo cuando se incorporaba para apagar la luz de su lamparita de medianoche, su alma regrasaba con ella. Volvía a animar su cuerpo pero todo era distinto como cada noche de lectura y confesiones al oído. Ahora su cuerpo estaba caliente, respiraba amores y tristezas, respiraba deseos e ilusiones realizadas.
Su boca había sido besada. Su piel dibujaba el rostro de aquellas manos que la habían acariciado. Y su mirada. Su mirada proyectaba los lugares que su alma había transitado.
Esas pasiones, esos pesamientos habían aflorado en la vigilia gracias a las letras, a las palabras, a los versos. Gracias a ellos, su efímera alma había poseido otros cuerpos de pluma y pergamino. Gracias a ellos, ahora su cuerpo estaba caliente, vivo de sensaciones y sentimientos nuevos. Gracias a ellos, cada noche, María aprendía a mirar otra vez el mundo.
Era una gota de agua que nunca acabó de llover.