Con mis cinco años de rebosante vitalidad, llegaba a casa a pedirle a mi madre que me curara las heridas que me había hecho jugando. Ella cogía el bote de alcohol, un pedazo de algodón, y procedía a torturarme con aquel líquido del demonio que escocía una barbaridad. Yo le pedía que me comprase agua oxigenada pero, como siempre, ella hacñia oidos sordos a mis peticiones y me contestaba:
-Hija, lo que escuece sana.
Y con ese axioma de los primeros auxilios caseros que mis padres tenían por lema, siempre compraban alcohol en lugar de agua oxigenada.
Con el tiempo, en las clases de filosofía del colegio aprendí algo parecido. Niestzche decía que lo que no te mata te hace más fuerte y no podía tener más razón.
Las vicisitudes, las adversidades o, dicho más coloquialmente, los palos de la vida escuecen pero luego sanan. Abren heridas que tardan en cicatrizar pero lo hacen. Y esas cicatrices nos recuerdan día a día quienes somos, lo que hemos vivido, lo que hemos luchado. Son la inyección de fuerza en la batalla, de entereza en el dolor y de valentía frente al miedo. Aquellas cicatrices son la más real y tangible de las realidades.
Por eso, ahora prefiero el acohol al agua oxigenada. Prefiero el esfuerzo al engaño y la vida me sabe a palabras.
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