envidiaba nuestra mirada.
Nuestra y no nuestras
porque habíamos aprendido
a mirar con los mismos ojos.
El ascensor se estremecía
y chirriaba al subir al sexto
Traducía el sentimiento
del miedo a la despedida.
Primero fueron dos besos,
insípidos, nimios, artificiales.
De mentira.
Como las cocinitas que te regalan tus padres con 5 años,
como las gafas de imitación de un verano con tontería.
Después llegaron tres añosde farsa y licor de guindas
y son sabor a probabilidad.
Ahora,
ahora necesitamos cuatro
años de gloria, pasión y ternura.Para reír de felicidad otro 29
de febrero y oír cómo el ascensor de mi casa
sigue odiando las despedidas.
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