miércoles, 21 de marzo de 2012

Año bisiesto

El gotelé de las paredes

envidiaba nuestra mirada.
Nuestra y no nuestras
porque habíamos aprendido
 a mirar con los mismos ojos.
El ascensor se estremecía
y chirriaba al subir al sexto
Traducía el sentimiento
del miedo a la despedida.
Primero fueron dos besos,
insípidos, nimios, artificiales.
De mentira.
Como las cocinitas que te regalan tus padres con 5 años,
como las gafas de imitación de un verano con tontería.
Después llegaron tres años

de farsa y licor de guindas
y son sabor a probabilidad.
Ahora,
ahora necesitamos cuatro
años de gloria, pasión y ternura.

Para reír de felicidad otro 29

de febrero y oír cómo el ascensor de mi casa
sigue odiando las despedidas.


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