Llueve en el canal.
La tierra empieza a ser fértil en aquella noche desierta, desértica.
La pena ha enmudecido ante la sombra de una vela.
El café ha dejado de ser una rutina para convertirse en una sobremesa.
Se han abierto los poros desterrando el sopor de las caretas.
Todo penetra.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura.
Hasta las paredes antiguas sonríen a la lluvia aún sabiendo que ya se asoman las primeras grietas del otoño.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura. Todo penetra.
Nuestras mentes confinadas al pasado padecen alzheimer.
Nuestros cuerpos se excitan con la amnesia teniendo orgasmos en presente.
La hoquedad del delirio enmudece antes los instintos de tu cuerpo erigido. Erecto.
La vela se ha derretido de tanto gemir el placer en las ocultas hoquedades de aquella noche mojada.
La sangre, el sudor y las lágrimas se mezclan en un mismo sonido, en un profundo alarido.
El agua y el aceite empiezan a congeniar.
Hasta el estiércol tiene un olor agradable. Huele la tierra mojada, limpia y renovada.
Llueve en el canal.
lunes, 9 de septiembre de 2013
lunes, 19 de agosto de 2013
La vida se desparrama y yo me pongo a escribir
Escribir. No para
desarmar el corazón. No para derramar el alma. Escribir para vivir, para
disfrutar, para sentir.
Un día tímido, de un
agosto tranquilo, de esos que tiene Madrid en vacaciones, te paras a pensar y
sientes una seguridad que te lleva más lejos, que te colma y te culmina, que te
hace feliz.
Y quieres condensar ese
momento en unas cuantas letras. Por sí un día te da por olvidar esa sensación
de plenitud. Por si se te olvida que tan importante es correr como detenerse a
tomar impulso.
La vida se desparrama y
nuestros ingrávidos cuerpos no saben qué hacer para atraparla. Corren ilusos a
cazar esas mariposas salvajes que no se doblegan ni a ritmos ni a compases ni a
rutinas ni a sociedades.
La vida se desparrama y
nosotros seguimos corriendo hasta que un día nos damos cuenta de que hemos
perdido el rumbo, que las mariposas se han ido y las rutinas, los ritmos y los
compases nos siguen robando las horas.
La vida se desparrama y
yo me pongo a escribir. Todo un pecado, todo un delito. ¿Un acto de locura? El
aleteo de una pequeña criatura empieza a rozar mi mano mientras la vida se
desparrama.
sábado, 17 de agosto de 2013
Náufragos de las horas
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Mullida, cálida y complaciente. Era de noche y el sol había dejado su legado.
El mar de noche es la mejor metáfora de la vida. O mejor aún, de la vida de los amores efímeros.
Resulta curioso que cuando la luz natural ya no ejerce sus destellos, vemos más hermoso el paisaje. Y a sus personajes.
Resulta curioso que cuando el eco de quien algunos llaman Apolo -otros prefieren referirse a él como Lorenzo- ya no incide en nuestros rostros, el sex-appeal parece florecer.
La pátina de la noche es el mejor disfraz, el mejor y estimulante de los barnices.
Porque nos gusta vivir así, a tientas, a tontas y a locas. Con la premura del momento y la ternura de las horas. Con la luna por compañera por si al día siguiente se le ocurre amanecer.
Frugal, estival, el romance abocado a la caducidad de la vida, a la ley del tiempo.
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Nosotros, ilusos, creíamos que el calor que sentíamos moriría al amanecer.
Olvidamos que el mar era inmenso antes que intenso. Que si la marea baja es porque volverá a subir. Olvidamos o quisimos olvidar. Y la inmensidad de la noche nos hizo náufragos.
Mullida, cálida y complaciente. Era de noche y el sol había dejado su legado.
El mar de noche es la mejor metáfora de la vida. O mejor aún, de la vida de los amores efímeros.
Resulta curioso que cuando la luz natural ya no ejerce sus destellos, vemos más hermoso el paisaje. Y a sus personajes.
Resulta curioso que cuando el eco de quien algunos llaman Apolo -otros prefieren referirse a él como Lorenzo- ya no incide en nuestros rostros, el sex-appeal parece florecer.
La pátina de la noche es el mejor disfraz, el mejor y estimulante de los barnices.
Porque nos gusta vivir así, a tientas, a tontas y a locas. Con la premura del momento y la ternura de las horas. Con la luna por compañera por si al día siguiente se le ocurre amanecer.
Frugal, estival, el romance abocado a la caducidad de la vida, a la ley del tiempo.
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Nosotros, ilusos, creíamos que el calor que sentíamos moriría al amanecer.
Olvidamos que el mar era inmenso antes que intenso. Que si la marea baja es porque volverá a subir. Olvidamos o quisimos olvidar. Y la inmensidad de la noche nos hizo náufragos.
lunes, 12 de agosto de 2013
Un té sabor a tiempo
Se fue y dejó su taza de té sin terminar. El se bebió sorbo a sorbo la vida, la noche, el frío y el tiempo en los rincones que había habitado su boca.
El aroma a hierbabuena mojaba su paladar como antes sus labios se habían mojado. Intentaba recordar en esa taza, en esos sorbos, todos lo momentos que habían pasado juntos.
Supongo que prefería quedarse con eso. Con los momentos, con su sabor y con el último rastro de su boca. Aunque fueran en una taza de té y no en sus labios.
El aroma a hierbabuena mojaba su paladar como antes sus labios se habían mojado. Intentaba recordar en esa taza, en esos sorbos, todos lo momentos que habían pasado juntos.
Supongo que prefería quedarse con eso. Con los momentos, con su sabor y con el último rastro de su boca. Aunque fueran en una taza de té y no en sus labios.
sábado, 29 de junio de 2013
Corteza quemada y olvido
Desnuda como el tronco de los árboles.
Corteza quemada y olvido.
Estrías que hacen estragos en un tacto agrietado por el paso del tiempo.
La mácula de tantos momentos
dibuja su paso en el barniz del ocaso.
Corteza quemada y olvido.
Cenizas como base de plomo
calientan el barro en los pies.
Unos pies que dejan paso a la esbeltez de dos robustas columnas griegas.
Tan robustas, tan esbeltas que el paraíso en ellas habita.
Allí dónde se pierden los hombres. Bueno, un poquito más arriba.
Donde nace la música en candentes gemidos.
Donde la diosa Venus grabó su inicial.
El capitel, la manzana, el cenit y la destrucción.
Corteza quemada y olvido que siguen trepando las grietas,
que siguen haciendo de barro los pies,
que siguen haciendo del monte un paraíso.
Polvo mordido.
Corteza quemada y olvido.
Corteza quemada y olvido.
Estrías que hacen estragos en un tacto agrietado por el paso del tiempo.
La mácula de tantos momentos
dibuja su paso en el barniz del ocaso.
Corteza quemada y olvido.
Cenizas como base de plomo
calientan el barro en los pies.
Unos pies que dejan paso a la esbeltez de dos robustas columnas griegas.
Tan robustas, tan esbeltas que el paraíso en ellas habita.
Allí dónde se pierden los hombres. Bueno, un poquito más arriba.
Donde nace la música en candentes gemidos.
Donde la diosa Venus grabó su inicial.
El capitel, la manzana, el cenit y la destrucción.
Corteza quemada y olvido que siguen trepando las grietas,
que siguen haciendo de barro los pies,
que siguen haciendo del monte un paraíso.
Polvo mordido.
Corteza quemada y olvido.
sábado, 11 de mayo de 2013
Verdugos de la oscuridad
Eramos victimas de la necesidad.
Nuestros cuerpos latían ecos de desengaños en oquedades vacías que se colaban por el tamiz de nuestros desvelos.
Eramos dos amantes de un último tango en París que tú fingías no querer bailar.
El tintineo de las llaves de tu casa oscura y vacía era demasiado tentador. Era el complemento perfecto de tu pantalón abultado por la erección de tus instintos.
No nos pongamos románticos. No podemos permitírnoslo otra vez. La sangre alargaba y endurecía tu deseo por pura atracción. ¿Sexual o afectiva? ¿O ambas?
Tu cuerpo cabalgaba junto al mío gimiendo necesidad. Pegamento para solapar heridas. Cemento para tapiar ventanas. Nosotros estábamos más a gusto así, en la húmeda y compacta oscuridad.
No. No, por favor. No enciendas la lámpara que prefiero conocerte así, a tientas. Que no sé si quiero conocerte. Que no sé si prefiero besarte y abrazarte y quererete y respirarte y tocarte, olerte, saborearte, chuparte...así despacito o muy deprisa o muy caliente o muy templado. Pero en la oscuridad. Con el sentido de la vista adormecido. Que no sé si puedo conocerte porque ya no me conozco ni a mi misma.
El calor empieza a hervir en las calles de nuestras ciudades. El asfalto ardiente desgasta los neumáticos de tu coche de segunda mano en el que tantas noches me perseguiste la falda con tus labios.
Es solo un trueque. Un intercambio de besos. Un pacto por el afecto. Nada más. ¿O no?
Una nebulosa gris miedo atemperaba nuestros instintos.
Las perlas falsas de mi collar repiqueteaban contra el parqué de tu habitación.
Me desabrochabas el cuello en un gesto redentor. Me arropabas con tus manos. Me devorabas con tu mirada. Nos echábamos un pulso cada noche en las costuras de tus sábanas moradas.
Un jeu d'enfants. Rescatábamos cada noche la ilusión en los jadeos acompasados de nuestras gargantas. La carcajada inocente rompía en los albores del placer.
Los muelles del colchón ya no suenan en las casas. Todo lo acapara el látex. Por eso, algunas noches preferías el duro suelo para poseerme entre tus muslos, para aventurarte entre los míos.
Es verano y los días son cada vez más largos. El sol domina las horas acosándonos con su luz y verdad. Y tu y yo no podemos esperar a que se haga de noche. Hemos fallado. Somo débiles. Hemos caído en la tentación. La costumbre es nuestro mayor pecado. Estamos ávidos de cariño, de afecto, de caricias y besos. Tenemos que confesar que ya no es solo sexo. Nunca lo fue. Desde un principio ya era necesidad. No necesidad sexual, sino necesidad a secas. Por que nos necesitábamos el uno al otro, nuestros cuerpos, nuestras voces, nuestros silencios. Nuestro ritmo y nuestro tiempo.
No pudimos esperar a que se pusiera el sol. Y nos quisimos sin más protección que la tela de unas cortinas ligeras. Y por fin me quisiste. Por fin disfrutaste contemplando las imperfecciones de mi cuerpo, dibujando recorridos con tus labios sobre mi pecho desierto. Y me miraste a los ojos con ternura.
El rojo de mi uñas jugó con tu blanca pelvis. Tus gruesos dedos azotaron mis caderas. Y disfrutamos del espectáculo al contra luz de la libertad.
Nuestros cuerpos latían ecos de desengaños en oquedades vacías que se colaban por el tamiz de nuestros desvelos.
Eramos dos amantes de un último tango en París que tú fingías no querer bailar.
El tintineo de las llaves de tu casa oscura y vacía era demasiado tentador. Era el complemento perfecto de tu pantalón abultado por la erección de tus instintos.
No nos pongamos románticos. No podemos permitírnoslo otra vez. La sangre alargaba y endurecía tu deseo por pura atracción. ¿Sexual o afectiva? ¿O ambas?
Tu cuerpo cabalgaba junto al mío gimiendo necesidad. Pegamento para solapar heridas. Cemento para tapiar ventanas. Nosotros estábamos más a gusto así, en la húmeda y compacta oscuridad.
No. No, por favor. No enciendas la lámpara que prefiero conocerte así, a tientas. Que no sé si quiero conocerte. Que no sé si prefiero besarte y abrazarte y quererete y respirarte y tocarte, olerte, saborearte, chuparte...así despacito o muy deprisa o muy caliente o muy templado. Pero en la oscuridad. Con el sentido de la vista adormecido. Que no sé si puedo conocerte porque ya no me conozco ni a mi misma.
El calor empieza a hervir en las calles de nuestras ciudades. El asfalto ardiente desgasta los neumáticos de tu coche de segunda mano en el que tantas noches me perseguiste la falda con tus labios.
Es solo un trueque. Un intercambio de besos. Un pacto por el afecto. Nada más. ¿O no?
Una nebulosa gris miedo atemperaba nuestros instintos.
Las perlas falsas de mi collar repiqueteaban contra el parqué de tu habitación.
Me desabrochabas el cuello en un gesto redentor. Me arropabas con tus manos. Me devorabas con tu mirada. Nos echábamos un pulso cada noche en las costuras de tus sábanas moradas.
Un jeu d'enfants. Rescatábamos cada noche la ilusión en los jadeos acompasados de nuestras gargantas. La carcajada inocente rompía en los albores del placer.
Los muelles del colchón ya no suenan en las casas. Todo lo acapara el látex. Por eso, algunas noches preferías el duro suelo para poseerme entre tus muslos, para aventurarte entre los míos.
Es verano y los días son cada vez más largos. El sol domina las horas acosándonos con su luz y verdad. Y tu y yo no podemos esperar a que se haga de noche. Hemos fallado. Somo débiles. Hemos caído en la tentación. La costumbre es nuestro mayor pecado. Estamos ávidos de cariño, de afecto, de caricias y besos. Tenemos que confesar que ya no es solo sexo. Nunca lo fue. Desde un principio ya era necesidad. No necesidad sexual, sino necesidad a secas. Por que nos necesitábamos el uno al otro, nuestros cuerpos, nuestras voces, nuestros silencios. Nuestro ritmo y nuestro tiempo.
No pudimos esperar a que se pusiera el sol. Y nos quisimos sin más protección que la tela de unas cortinas ligeras. Y por fin me quisiste. Por fin disfrutaste contemplando las imperfecciones de mi cuerpo, dibujando recorridos con tus labios sobre mi pecho desierto. Y me miraste a los ojos con ternura.
El rojo de mi uñas jugó con tu blanca pelvis. Tus gruesos dedos azotaron mis caderas. Y disfrutamos del espectáculo al contra luz de la libertad.
sábado, 4 de mayo de 2013
Libertad hecha figura
Movimientos sinuosos,
vaivenes atemperados,
Giros inexplorados
La elegancia se desborda
en las vértebras
de su esbelta figura
Veleidad en la cintura de su falda
Deleite en la columna de su espalda
Las yemas de sus dedos
se balancean en el contraluz
de los colores de la tarde.
vaivenes atemperados,
Giros inexplorados
La elegancia se desborda
en las vértebras
de su esbelta figura
Veleidad en la cintura de su falda
Deleite en la columna de su espalda
Las yemas de sus dedos
se balancean en el contraluz
de los colores de la tarde.
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