Eramos victimas de la necesidad.
Nuestros cuerpos latían ecos de desengaños en oquedades vacías que se colaban por el tamiz de nuestros desvelos.
Eramos dos amantes de un último tango en París que tú fingías no querer bailar.
El tintineo de las llaves de tu casa oscura y vacía era demasiado tentador. Era el complemento perfecto de tu pantalón abultado por la erección de tus instintos.
No nos pongamos románticos. No podemos permitírnoslo otra vez. La sangre alargaba y endurecía tu deseo por pura atracción. ¿Sexual o afectiva? ¿O ambas?
Tu cuerpo cabalgaba junto al mío gimiendo necesidad. Pegamento para solapar heridas. Cemento para tapiar ventanas. Nosotros estábamos más a gusto así, en la húmeda y compacta oscuridad.
No. No, por favor. No enciendas la lámpara que prefiero conocerte así, a tientas. Que no sé si quiero conocerte. Que no sé si prefiero besarte y abrazarte y quererete y respirarte y tocarte, olerte, saborearte, chuparte...así despacito o muy deprisa o muy caliente o muy templado. Pero en la oscuridad. Con el sentido de la vista adormecido. Que no sé si puedo conocerte porque ya no me conozco ni a mi misma.
El calor empieza a hervir en las calles de nuestras ciudades. El asfalto ardiente desgasta los neumáticos de tu coche de segunda mano en el que tantas noches me perseguiste la falda con tus labios.
Es solo un trueque. Un intercambio de besos. Un pacto por el afecto. Nada más. ¿O no?
Una nebulosa gris miedo atemperaba nuestros instintos.
Las perlas falsas de mi collar repiqueteaban contra el parqué de tu habitación.
Me desabrochabas el cuello en un gesto redentor. Me arropabas con tus manos. Me devorabas con tu mirada. Nos echábamos un pulso cada noche en las costuras de tus sábanas moradas.
Un jeu d'enfants. Rescatábamos cada noche la ilusión en los jadeos acompasados de nuestras gargantas. La carcajada inocente rompía en los albores del placer.
Los muelles del colchón ya no suenan en las casas. Todo lo acapara el látex. Por eso, algunas noches preferías el duro suelo para poseerme entre tus muslos, para aventurarte entre los míos.
Es verano y los días son cada vez más largos. El sol domina las horas acosándonos con su luz y verdad. Y tu y yo no podemos esperar a que se haga de noche. Hemos fallado. Somo débiles. Hemos caído en la tentación. La costumbre es nuestro mayor pecado. Estamos ávidos de cariño, de afecto, de caricias y besos. Tenemos que confesar que ya no es solo sexo. Nunca lo fue. Desde un principio ya era necesidad. No necesidad sexual, sino necesidad a secas. Por que nos necesitábamos el uno al otro, nuestros cuerpos, nuestras voces, nuestros silencios. Nuestro ritmo y nuestro tiempo.
No pudimos esperar a que se pusiera el sol. Y nos quisimos sin más protección que la tela de unas cortinas ligeras. Y por fin me quisiste. Por fin disfrutaste contemplando las imperfecciones de mi cuerpo, dibujando recorridos con tus labios sobre mi pecho desierto. Y me miraste a los ojos con ternura.
El rojo de mi uñas jugó con tu blanca pelvis. Tus gruesos dedos azotaron mis caderas. Y disfrutamos del espectáculo al contra luz de la libertad.