Anclada en el recuerdo,
como ese Diógenes que
nada tiraba,
como ese siglo XIX que se
volvió romántico,
como las raíces que
erigen a sus árboles.
Encaramada a la soledad
de mis sábanas sin manchas.
El tiempo ha clavado alfileres
en mi memoria.
Los días fluían sin pena
ni gloria.
Las hojas cayeron sin más
hazaña
que las flores que
siempre poblarán
los árboles de la acera
de un portal
ya medio marchito.
Afilar la cuchilla de las
tijeras,
que corte el cordón
umbilical, nuestro cordón umbilical.
Ya no queda ni la cera de
las velas,
que esperaba derretida
por la espera.
El café se volvió amargo,
el cigarro fue muy largo
y la ceniza del polvo se
ha ocultado en el resquicio de un desván.
Dicen que donde hubo
fuego…
Pero el calor empieza a
habitar nuestras estanterías
y las sábanas se pegan
con demasiado sudor a la piel.
El fluir de estaciones ha
mutado el sentimiento
pero no mata el tormento.
Ojalá que el agua nos
empiece a inundar.
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