Pegamento en las suelas. Polvo
en la solapas. Sal en las heridas.
Excusas para no cicatrizar.
Ella se aferró a su
cuerpo condenando al letargo la fogosidad del suyo. Las imágenes de su espalda
en circunvalación eran latigazos en sus sienes.
Le gustaría combatir los
gemidos y palabras del pasado con la honestidad de su presente. Pero algunas
noches aflora la debilidad. Su cuerpo se encoje. Se hace un ovillo su corazón y
su cara es una mueca de tristeza y hastío.
Ella está aprendiendo a
disfrutar de la caducidad de los alimentos. La próxima vez que pase algún tren,
será ella quien tome el volante.
Ha tatuado en sus labios
la palabra temporal. Sabe que los besos no siempre duran hasta la siguiente primavera, pero no por ello ha de condenar su intensidad.
Ha aprendido que algunas
personas vienen en formato circunstancia. Un país, un idioma, un vínculo, un
trabajo, una habitación o, incluso, un momento.
Nuestro problema siempre
son las despedidas.
sábado, 11 de enero de 2014
jueves, 21 de noviembre de 2013
El arte de la escucha
No saben escuchar.
Aparentan cara de atención y buenos modales con un gesto de asentimiento en ritmos pares. Conceden tres minutos a su cortés pregunta con la ruda técnica de esquivar largas respuestas cambiando de tema. Y casi siempre vuelven a ellos. O a la risa. O a lo peregrino y baladí. Ellos solo saben caminar, pero no saben hacer el camino. Nunca han apreciado el rastro de otras huellas que no sean las que deja su propia sombra.
Escucha el que siente al otro. Con el otro. El que hacer un ejercicio de comprensión y de empatía. El que se muda de ropajes, de piel, de edad, de tiempo y hasta de silla. El que te mira a los ojos y piensa. El que te pregunta y hace que te sientas cómoda para hablar.

Y a ese que te escucha. A ese que se cambia de sitio. Al que se pone en tus zapatos aunque calces 5 tallas menos y sean de aguja tus tacones. Al que hace suyas tus palabras para hablar en tu misma lengua. A ese que te ha concedido su tiempo disfrutándolo contigo. Al que ha desterrado el eco de tus noches para reconfortarte con su voz. A ese no le pierdas nunca porque habrás perdido un pedazo tuyo.
Aparentan cara de atención y buenos modales con un gesto de asentimiento en ritmos pares. Conceden tres minutos a su cortés pregunta con la ruda técnica de esquivar largas respuestas cambiando de tema. Y casi siempre vuelven a ellos. O a la risa. O a lo peregrino y baladí. Ellos solo saben caminar, pero no saben hacer el camino. Nunca han apreciado el rastro de otras huellas que no sean las que deja su propia sombra.
Escucha el que siente al otro. Con el otro. El que hacer un ejercicio de comprensión y de empatía. El que se muda de ropajes, de piel, de edad, de tiempo y hasta de silla. El que te mira a los ojos y piensa. El que te pregunta y hace que te sientas cómoda para hablar.
Y a ese que te escucha. A ese que se cambia de sitio. Al que se pone en tus zapatos aunque calces 5 tallas menos y sean de aguja tus tacones. Al que hace suyas tus palabras para hablar en tu misma lengua. A ese que te ha concedido su tiempo disfrutándolo contigo. Al que ha desterrado el eco de tus noches para reconfortarte con su voz. A ese no le pierdas nunca porque habrás perdido un pedazo tuyo.
lunes, 4 de noviembre de 2013
Ellas
Yo no las convoco; ellas me provocan.
Ellas vuelan. Alborotan mis rutinas y obligaciones para regalar placer a mis noches. Ellas son generosas aunque también intempestivas. Improvisadas e inesperadas. Son visitas que me pillan en pijama y con la cara sin pintar, pero a las que no les importa encontrarme desnuda en la ducha frotándome los muslos y aclarándome la piel.
Acarician mi cabeza. Se cuelan entre mis cabellos para después enredarse entre mis rizos. Luego me susurran al oído y traban alianzas con mis manos para que yo las resucite. Otros días prefieren hipnotizar a mis pupilas.
A veces se atropellan. A veces desobedezco sus llamadas. Otras veces sus susurros son tan tenues y su vuelo tan grácil que mis manos no alcanzan a atraparlas. Pero cuando lo hago, la vida entra por la puerta y los folios blancos se divorcian de la soledad.
Hoy parece ser uno de esos días. Ellas, las palabras, me han vuelto a visitar.
Ellas vuelan. Alborotan mis rutinas y obligaciones para regalar placer a mis noches. Ellas son generosas aunque también intempestivas. Improvisadas e inesperadas. Son visitas que me pillan en pijama y con la cara sin pintar, pero a las que no les importa encontrarme desnuda en la ducha frotándome los muslos y aclarándome la piel.
Acarician mi cabeza. Se cuelan entre mis cabellos para después enredarse entre mis rizos. Luego me susurran al oído y traban alianzas con mis manos para que yo las resucite. Otros días prefieren hipnotizar a mis pupilas.
A veces se atropellan. A veces desobedezco sus llamadas. Otras veces sus susurros son tan tenues y su vuelo tan grácil que mis manos no alcanzan a atraparlas. Pero cuando lo hago, la vida entra por la puerta y los folios blancos se divorcian de la soledad.
Hoy parece ser uno de esos días. Ellas, las palabras, me han vuelto a visitar.
domingo, 13 de octubre de 2013
Mañana nos despertará la lluvia
Y aquí estoy otra vez, vulnerable.
Desnuda y mojada con la soledad de traje.
Y aquí estoy otra vez, olvidando sensaciones.
Apagando los sentidos.
Arropando los vacíos despertares.
Desnuda y mojada y vulnerable.
Calada de oquedades sin dueño.
Cargada de balas sin mensaje.
Y aquí estoy otra vez, palideciendo.
Con la ausencia del calor de un sol de otoño.
Bajo el manto de las nubes que marchita mi color.
Con la piel de la realeza en un corazón de campesina
y la piel hecha jirones profanando la estación.
No lamento tu pérdida. Lamento que yo me haya perdido otra vez.
Desnuda y mojada con la soledad de traje.
Y aquí estoy otra vez, olvidando sensaciones.
Apagando los sentidos.
Arropando los vacíos despertares.
Desnuda y mojada y vulnerable.
Calada de oquedades sin dueño.
Cargada de balas sin mensaje.
Y aquí estoy otra vez, palideciendo.
Con la ausencia del calor de un sol de otoño.
Bajo el manto de las nubes que marchita mi color.
Con la piel de la realeza en un corazón de campesina
y la piel hecha jirones profanando la estación.
No lamento tu pérdida. Lamento que yo me haya perdido otra vez.
viernes, 11 de octubre de 2013
Homenajeando a Neruda
Voy a hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.
Pero en invierno, cuando los susurros se vuelven tibios y las palabras se crecen,
cuando los crímenes son perfectos y los cristales protegen.
Pero de noche, cuando la pasión aflora y la ropa de cama nos sobra,
cuando la luna se enciende y el temor desaparece.
Pero a media luz. Siempre a media luz.
Con las farolas de testigo y las sombras en la espera.
Con los instintos encarnecidos y las bombillas fundidas.
Con los dedos encendidos dibujando enredaderas.
Voy a hacer contigo los que el invierno hace con los cerezos, deshojarlos.
Pero en invierno, cuando los susurros se vuelven tibios y las palabras se crecen,
cuando los crímenes son perfectos y los cristales protegen.
Pero de noche, cuando la pasión aflora y la ropa de cama nos sobra,
cuando la luna se enciende y el temor desaparece.
Pero a media luz. Siempre a media luz.
Con las farolas de testigo y las sombras en la espera.
Con los instintos encarnecidos y las bombillas fundidas.
Con los dedos encendidos dibujando enredaderas.
Voy a hacer contigo los que el invierno hace con los cerezos, deshojarlos.
Tres sillas rojas y una cuarta en discordancia
Dilatamos demasiado lo que no eran más que dos besos y un polvo casi ceniza abocado a la caducidad del hastío en el estío.
martes, 1 de octubre de 2013
Otoño voraz de noches feroces
Aullido.
La noche cae mullida en un trémulo suspiro.
Aullido.
Los silencios son ocasos de tus ardientes palabras.
Aullido.
El amor sabe en la boca de tus sinceros latidos.
Aullido.
Ella bate sus pestañas en un grácil estallido.
Aullido.
La cama se vuelve tibia entre salvajes gemidos.
Aullido.
La mujer apaga sus sed con el tacto del rocío.
Aullido.
Y el lobo apaga su garganta en un plácido suspiro.
Aullido.
La estación va despertando en la tregua del hastío.
La noche cae mullida en un trémulo suspiro.
Los silencios son ocasos de tus ardientes palabras.
Aullido.
El amor sabe en la boca de tus sinceros latidos.
Aullido.
Ella bate sus pestañas en un grácil estallido.
Aullido.
La cama se vuelve tibia entre salvajes gemidos.
Aullido.
La mujer apaga sus sed con el tacto del rocío.
Aullido.
Y el lobo apaga su garganta en un plácido suspiro.
Aullido.
La estación va despertando en la tregua del hastío.
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