Voy a hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.
Pero en invierno, cuando los susurros se vuelven tibios y las palabras se crecen,
cuando los crímenes son perfectos y los cristales protegen.
Pero de noche, cuando la pasión aflora y la ropa de cama nos sobra,
cuando la luna se enciende y el temor desaparece.
Pero a media luz. Siempre a media luz.
Con las farolas de testigo y las sombras en la espera.
Con los instintos encarnecidos y las bombillas fundidas.
Con los dedos encendidos dibujando enredaderas.
Voy a hacer contigo los que el invierno hace con los cerezos, deshojarlos.
viernes, 11 de octubre de 2013
Tres sillas rojas y una cuarta en discordancia
Dilatamos demasiado lo que no eran más que dos besos y un polvo casi ceniza abocado a la caducidad del hastío en el estío.
martes, 1 de octubre de 2013
Otoño voraz de noches feroces
Aullido.
La noche cae mullida en un trémulo suspiro.
Aullido.
Los silencios son ocasos de tus ardientes palabras.
Aullido.
El amor sabe en la boca de tus sinceros latidos.
Aullido.
Ella bate sus pestañas en un grácil estallido.
Aullido.
La cama se vuelve tibia entre salvajes gemidos.
Aullido.
La mujer apaga sus sed con el tacto del rocío.
Aullido.
Y el lobo apaga su garganta en un plácido suspiro.
Aullido.
La estación va despertando en la tregua del hastío.
La noche cae mullida en un trémulo suspiro.
Los silencios son ocasos de tus ardientes palabras.
Aullido.
El amor sabe en la boca de tus sinceros latidos.
Aullido.
Ella bate sus pestañas en un grácil estallido.
Aullido.
La cama se vuelve tibia entre salvajes gemidos.
Aullido.
La mujer apaga sus sed con el tacto del rocío.
Aullido.
Y el lobo apaga su garganta en un plácido suspiro.
Aullido.
La estación va despertando en la tregua del hastío.
lunes, 9 de septiembre de 2013
Llueve en el canal.
Llueve en el canal.
La tierra empieza a ser fértil en aquella noche desierta, desértica.
La pena ha enmudecido ante la sombra de una vela.
El café ha dejado de ser una rutina para convertirse en una sobremesa.
Se han abierto los poros desterrando el sopor de las caretas.
Todo penetra.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura.
Hasta las paredes antiguas sonríen a la lluvia aún sabiendo que ya se asoman las primeras grietas del otoño.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura. Todo penetra.
Nuestras mentes confinadas al pasado padecen alzheimer.
Nuestros cuerpos se excitan con la amnesia teniendo orgasmos en presente.
La hoquedad del delirio enmudece antes los instintos de tu cuerpo erigido. Erecto.
La vela se ha derretido de tanto gemir el placer en las ocultas hoquedades de aquella noche mojada.
La sangre, el sudor y las lágrimas se mezclan en un mismo sonido, en un profundo alarido.
El agua y el aceite empiezan a congeniar.
Hasta el estiércol tiene un olor agradable. Huele la tierra mojada, limpia y renovada.
Llueve en el canal.
La tierra empieza a ser fértil en aquella noche desierta, desértica.
La pena ha enmudecido ante la sombra de una vela.
El café ha dejado de ser una rutina para convertirse en una sobremesa.
Se han abierto los poros desterrando el sopor de las caretas.
Todo penetra.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura.
Hasta las paredes antiguas sonríen a la lluvia aún sabiendo que ya se asoman las primeras grietas del otoño.
Todo lo inunda la ciudad y la hermosura. Todo penetra.
Nuestras mentes confinadas al pasado padecen alzheimer.
Nuestros cuerpos se excitan con la amnesia teniendo orgasmos en presente.
La hoquedad del delirio enmudece antes los instintos de tu cuerpo erigido. Erecto.
La vela se ha derretido de tanto gemir el placer en las ocultas hoquedades de aquella noche mojada.
La sangre, el sudor y las lágrimas se mezclan en un mismo sonido, en un profundo alarido.
El agua y el aceite empiezan a congeniar.
Hasta el estiércol tiene un olor agradable. Huele la tierra mojada, limpia y renovada.
Llueve en el canal.
lunes, 19 de agosto de 2013
La vida se desparrama y yo me pongo a escribir
Escribir. No para
desarmar el corazón. No para derramar el alma. Escribir para vivir, para
disfrutar, para sentir.
Un día tímido, de un
agosto tranquilo, de esos que tiene Madrid en vacaciones, te paras a pensar y
sientes una seguridad que te lleva más lejos, que te colma y te culmina, que te
hace feliz.
Y quieres condensar ese
momento en unas cuantas letras. Por sí un día te da por olvidar esa sensación
de plenitud. Por si se te olvida que tan importante es correr como detenerse a
tomar impulso.
La vida se desparrama y
nuestros ingrávidos cuerpos no saben qué hacer para atraparla. Corren ilusos a
cazar esas mariposas salvajes que no se doblegan ni a ritmos ni a compases ni a
rutinas ni a sociedades.
La vida se desparrama y
nosotros seguimos corriendo hasta que un día nos damos cuenta de que hemos
perdido el rumbo, que las mariposas se han ido y las rutinas, los ritmos y los
compases nos siguen robando las horas.
La vida se desparrama y
yo me pongo a escribir. Todo un pecado, todo un delito. ¿Un acto de locura? El
aleteo de una pequeña criatura empieza a rozar mi mano mientras la vida se
desparrama.
sábado, 17 de agosto de 2013
Náufragos de las horas
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Mullida, cálida y complaciente. Era de noche y el sol había dejado su legado.
El mar de noche es la mejor metáfora de la vida. O mejor aún, de la vida de los amores efímeros.
Resulta curioso que cuando la luz natural ya no ejerce sus destellos, vemos más hermoso el paisaje. Y a sus personajes.
Resulta curioso que cuando el eco de quien algunos llaman Apolo -otros prefieren referirse a él como Lorenzo- ya no incide en nuestros rostros, el sex-appeal parece florecer.
La pátina de la noche es el mejor disfraz, el mejor y estimulante de los barnices.
Porque nos gusta vivir así, a tientas, a tontas y a locas. Con la premura del momento y la ternura de las horas. Con la luna por compañera por si al día siguiente se le ocurre amanecer.
Frugal, estival, el romance abocado a la caducidad de la vida, a la ley del tiempo.
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Nosotros, ilusos, creíamos que el calor que sentíamos moriría al amanecer.
Olvidamos que el mar era inmenso antes que intenso. Que si la marea baja es porque volverá a subir. Olvidamos o quisimos olvidar. Y la inmensidad de la noche nos hizo náufragos.
Mullida, cálida y complaciente. Era de noche y el sol había dejado su legado.
El mar de noche es la mejor metáfora de la vida. O mejor aún, de la vida de los amores efímeros.
Resulta curioso que cuando la luz natural ya no ejerce sus destellos, vemos más hermoso el paisaje. Y a sus personajes.
Resulta curioso que cuando el eco de quien algunos llaman Apolo -otros prefieren referirse a él como Lorenzo- ya no incide en nuestros rostros, el sex-appeal parece florecer.
La pátina de la noche es el mejor disfraz, el mejor y estimulante de los barnices.
Porque nos gusta vivir así, a tientas, a tontas y a locas. Con la premura del momento y la ternura de las horas. Con la luna por compañera por si al día siguiente se le ocurre amanecer.
Frugal, estival, el romance abocado a la caducidad de la vida, a la ley del tiempo.
El mar nos abrazaba con su ardiente inmensidad.
Nosotros, ilusos, creíamos que el calor que sentíamos moriría al amanecer.
Olvidamos que el mar era inmenso antes que intenso. Que si la marea baja es porque volverá a subir. Olvidamos o quisimos olvidar. Y la inmensidad de la noche nos hizo náufragos.
lunes, 12 de agosto de 2013
Un té sabor a tiempo
Se fue y dejó su taza de té sin terminar. El se bebió sorbo a sorbo la vida, la noche, el frío y el tiempo en los rincones que había habitado su boca.
El aroma a hierbabuena mojaba su paladar como antes sus labios se habían mojado. Intentaba recordar en esa taza, en esos sorbos, todos lo momentos que habían pasado juntos.
Supongo que prefería quedarse con eso. Con los momentos, con su sabor y con el último rastro de su boca. Aunque fueran en una taza de té y no en sus labios.
El aroma a hierbabuena mojaba su paladar como antes sus labios se habían mojado. Intentaba recordar en esa taza, en esos sorbos, todos lo momentos que habían pasado juntos.
Supongo que prefería quedarse con eso. Con los momentos, con su sabor y con el último rastro de su boca. Aunque fueran en una taza de té y no en sus labios.
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