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jueves, 5 de abril de 2012

El equilibrio siempre es efímero.

Comida. Dulce o salado, como tu prefieras.
Descanso. Una siesta más larga que la noche. La vigilia de la que tardo en despertar.
Amigos. Los cómplices de tus crímenes, del día en que mataste a la tristeza en cada una de sus risas, en cada una de sus sonrisas.
Trabajo.O más bien realización. Ese sentimiento de sentirte útil haciendo lo que haces, de encontrarte mullida  y confortable diseñando un avión o dando clases o curando enfermedades.
Amor. La pieza que más me cuesta encajar. Es un sentimiento caprichoso, que llora en la falta de reciprocidad, que sangra en los celos y nos ahoga cuando es momento de acabar. Es encontrarse a uno mismo en la cara del otro, desnudar tu corazón y encontrar las oquedades del alma.

Y sopla el viento, y una de estas columnas en las que se sustenta nuestra felicidad, nuestra vida, se cae. Son columnas de papel cebolla, tan frágiles, sutiles, delicadas...
Y sopla el viento y me quedé sin amor, o sin descanso, o sin trabajo, pero hay que caminar a la pata coja aunque sea y tirar para alante. Si no todo se derrumbará.
Es como la arena, que desliza entre los dedos sin que podamos impedirlo. Como el aire que emana de nuestras bocas al hablar sin que podamos atraparlo.
Como la respiración, automática, involuntaria.
Pero el viento va a seguir soplando y habrá que levantar nuevas columnas de papel cebolla.
 Frágiles, sutiles, automáticas, involuntarias.
 Como la vida.